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dimecres, 28 de setembre del 2011

28/9/11


Tras hablar con el comisario, me dirigí, un poco guiado por remordimientos que no acababa de entender, hacia casa.  La librería de Henriette, donde tantas horas agradables he disfrutado registrando entre sus estanterías cambiantes, me vino a la mente. Y era la primera vez que reparaba en esta circunstancia imprevisible. Nunca encontrabas los libros ya vistos en el lugar que ocupaban la última vez. Sí que pensé la de trabajo que este constante trasiego le llevaría, pero nunca creí que fuera algo significativo y, por supuesto, jamás le pregunté.

Sabía que la encontraría cerrada, y, sin embargo, inicié el pequeño rodeo de calles que me permitiría pasar por delante antes de llegar a casa. Algunas zonas de París mantienen un entramado de calles que recuerdan más las de un zoco árabe que la cuadrícula a la que Haussmann quiso reducir París. Y esta retícula puede llegar a adentrarse en algunos edificios, donde los patios interiores a dos calles permiten atajos que dan la engañosa sensación de poder atravesar muros y habitaciones, e incluso de una fugaz alteración del tiempo, una pequeña ojeada a un pasado que, por otra parte, nunca llegamos a vivir. Es la magia de los pasajes o de las calles que alguien se ocupó de cubrir bajo techado traslúcido.

Llegué a la librería y la encontré cerrada a cal y canto. Pero yo no tenía intención de pasar de largo, lo que hubiera hecho de haber cedido a la zozobra que me produce quedarme parado en medio de la calle y a la vista de todos. Doblé la esquina, me alejé un poco, aminoré la marcha, hice como que recordaba algo importante y volví sobre mis pasos. Necesitaba no ser una pieza extraña en el conjunto de piezas del puzle que encontré. Intentaba encontrar qué cosa tan importante había recordado y que me obligaba a desandar lo ya recorrido. Tenía la mente en blanco. No podía hacer la misma maniobra al otro lado de la esquina. A un observador objetivo le hubiera resultado poco creíble. Y entonces vi la tienda de antigüedades.

Era la salvación. No lo pensé dos veces, entré. No había nadie, o eso parecía. Desde el fondo del local, y oculta tras todos los objetos que allí se amontonaban, oí una voz tranquila, algo aterciopelada, pastosa más bien y con silencios tan extraordinarios que diría hablaban más que las palabras. Pase, pase, está usted en su casa. Pase y mire todo lo que quiera. Pero no toque las cosas de su sitio, es lo único que importa. Soy mayor, y necesito que todo esté allí donde lo puse por última vez. Tómese todo el tiempo del mundo, doctor, sus amigos están por venir.

D.G.

dissabte, 24 de setembre del 2011

24/9/11


Salgo poco a la calle. Soy hombre de interiores. Se puede decir que los médicos buscamos envueltos en la obscuridad. El oculista ve tu ojo interior en la penumbra de la cámara oscura. El radiólogo la convierte, además, en acorazada. Parece, que cuanto más adentro queremos echar una ojeada, más negro e impenetrable ha de ser lo que rodea al hombre. Quién puede sincerarse con el loquero que te recibe bajo el crudo grito de los neones? Tome Prozac y olvídese de que alguna vez vino a verme. Quién puede mirar en el cerebro humano cegado por el reflejo lechoso de un listado de citas previas? ¿Aceptaríamos contar nuestras miserias en un confesionario bajo un sol omnímodo? No, necesariamente acabaríamos mintiendo. Los interrogatorios conseguirían mejores resultados sin focos, en la sombra quebradiza de la tarde, y cuando el acusado sin rostro hablara a los auditores sin rostro de sus penas asesinas.

Y hablando de lo que se habla, yo tenía que hablar con Maigret, y he salido al exterior. Sábado mañana, buen día y buen momento para sorprenderle. Seguro que nadie le avisará de mi visita. Le imagino en mangas de camisa, la cintura del pantalón desabotonada, tirantes y unos mocasines de lona. La suave pipa tras el desayuno y la prensa desfilando ante sus ojos de inspector.

Me dirijo al metro y me sorprende el toque de flauta de un afilador. La crisis está devolviéndonos oficios perdidos, pienso. Es cierto que nadie toca la flauta en vivo por las calles de París, una pena, son grabaciones, pero ésta no la han hecho con ordenador, sino directamente de alguien que aún recuerda los toques milagrosos de reunión improvisada, de rutina rota en música y grito. Y, por un momento, toda Santa María cae sobre mí.

Aquella bicicleta con las muelas sobre la rueda trasera paseando al compás de las escalas musicales y las voces del afilador. Las mujeres y niños acercándosele en una prodigiosa alternancia más propia de los dictados de un director de escena que del azar de las cosas. La correa que abraza el aro impuesto a la rueda y el pedaleo hacia atrás, hacia el pasado, que gobierna el eje del que penden las piedras redondas de afilar. Y las chispas, y los sonidos irritados que las entregan al aire, y los ojos de los niños con el asombro en los párpados, mientras enseñan, desde la sombra que rodea el chisporroteo, las demasiadas tristezas acumuladas por tan pocas alegrías recibidas. Santa María.

Pero qué se le perdió por aquí, doctor?... Larsen y un montón de recuerdos… Caramba, ya veo que tendré que dejar de lado el protocolo. Qué toma?… Lo mismo que usted… ¿Café con leche?... Maigret, por Santa María… Es broma, doctor. ¿Pernod?... Eso suena a música de afilador… Cómo dice?... Me parece perfecto…

Comisario, puede que un tal Tom o Dorian, al que yo atiendo en mi consulta, sea, casi con toda seguridad, el asesino de los billares… Algo sabíamos... Y del joven del río… Cómo sabe eso?... Larsen me contó… Para exculparse… No parece. Pregunte en Chez Vic. El dueño y otros parroquianos le confirmarán lo que él me dijo… Y por qué?... Va confundiendo a la gente, este Tom. Está loco. Del joven pensó que era un tal Dickie… Greenleaf… ¿Cómo?... Dickie Greenleaf, un amigo americano que desapareció en el mar y del que nunca se supo bien qué pasó… Y el de los billares, Larsen dice desconocer los detalles, pero intuye otra equivocación. Simplemente estaba en el momento equivocado en el sitio equivocado… Eso son conjeturas… Qué pocas de esas he visto que le fallen a Larsen…

Qué sabe de VSI?... Según nuestro común amigo, disparan antes de preguntar. El muchacho trabajaba para ellos… Y la oficina, le comentó algo?... Nada. Ahí, no entró. Estoy convencido que la relación de Larsen con estos homicidios es una sombra que el azar echó a su alrededor... Y que nos obligó a mirar con mayor interés. Nunca me parecieron los habituales crímenes de pervertidos. Pero para mí, la sombra de la que usted me habla se llama más bien Henriette, la conoce?... Ha desaparecido. La librería lleva tiempo cerrada. Se la ha tragado la tierra… O una extraña oficina, doctor…

D.G.

divendres, 16 de setembre del 2011

16/9/11


Cuando sonó el teléfono, ya sabía que no me gustaría lo que iba a oír. Son ese tipo de intuiciones por las que apostarías tu alma al diablo y le ganarías la partida. Algunas personas parecen tener muy desarrolladas estas capacidades de presagio. La psicología las estudia. Yo las llamo casualidades. Qué poco sabemos del cerebro humano. Pero acerté.

Allô!... Doctor Grey soy yo… Quién?... ¿No reconoce mi voz, doctor, tanto ha cambiado en tan poco tiempo?... Lo siento, ya perdonará mi torpeza... Soy Dorian, doctor. Tenga cuidado, Tom podría estar escuchando. Comprende?… Ah!, Dorian. Sí, creo comprender. Pero suena tan distinta. En qué puedo ayudarle… Me gustaría verle lo más pronto posible. Esta tarde?... Bien, pase por la consulta… Verá, no es algo profesional. Es más de índole personal. Le invito a una copa… Bueno, no pensaba salir pero… De acuerdo, le veo en lo de Belgrano, de aquí una hora. Cuidado con Tom, dele esquinazo, es un pesado…

No era la voz de Dorian-Tom. Y sólo Larsen conoce lo de Belgrano, aquel lupanar de Puerto Astillero donde pasaba las horas muertas de su vida muerta, y que aquí le dio por llamar a un tugurio del barrio latino donde en tiempos movía su principal negocio, las mujeres. Ahora comprendo lo de la voz rara. Sabe que controlan la casa, y que es más que posible que hayan intervenido el teléfono.

Pensé que estaría clausurado desde su marcha a Suiza, pero ahí seguía. Igual que entonces. La pintura "aún roja" de siempre. Desde que la usaron por primera vez. Que ya entonces daba la sensación de llevar varias vidas, y aún así seguía "aún roja". Abandonada a su suerte, como un juguete perdido que nadie sabe encontrar. Y en el profundo agujero donde algunos toneles recordaban un pasado honesto, el profundo olor a tristeza del vino olvidado sobre las mesas. En su lugar de siempre, al fondo del local, estaba Larsen. Quién si no?

Dejó a Tom por el camino, doctor?... Eso espero. Larsen, usted sabe el peligro que corro. A qué viene todo esto?... Eso mismo le pregunto yo. Quién hizo la chapuza del río? Quién es ese Dorian? Como si la policía fuera a confundir mi cadáver con el de un joven que podría ser mi hijo… Usted es quien llevaba pistola, no yo. Nunca pasé la línea del asesinato… Menos cuando equivocaba el diagnóstico, no? Vamos, no se lo tome así… Qué sabe usted de Dorian o de Tom o de cómo demonios se llame ese loco… Pues que casi con toda seguridad fue quien le rompió el cuello al tipo del río y después colocó entre sus cosas la dichosa cédula. Y ahora, pretenden cargarme a mí al interfecto… Y cómo lo sabe?… Secreto profesional. Dejé amigos en París… Pero no comprende que este Dorian es un enfermo. Que tiene un problema de doble personalidad… Y que va cazando a todos aquellos que vienen de su pasado… Qué quiere decir? No es tan violento...

Que él cree que vienen de su pasado. Mire, el muchacho del río trabajaba para VSI, una agencia muy particular que hace realidad todas sus fantasías, comprende? Todas. Un sueño realizado, como si dijéramos. La tarde que lo asesinaron, se encontraba en Chez Vic, a la espera de una de sus clientes, a la que tenía que seguir hasta el río, donde realizarían el sueño pactado. En eso, entró al local Tom, o Dorian, a quien el camarero conoce de tiempo como Tom. Y sin mediar palabra se dirigió al muchacho. Dickie, Dickie, qué haces aquí. Estás vivo. Vienes a por mí. Se puso desagradable, seguramente lo confundió con otro, y lo echaron del café. Pero debió seguirlo hasta el río y allí lo mató… Y después Dorian puso la cédula entre sus ropas… Cómo dice, doctor?... Nada, cosas mías. Y el del billar, otra confusión?... Seguramente… Debo hablar con Maigret… Cuidado con lo que dice, doctor, los de VSI disparan antes de preguntar. Yo sólo quiero que le aclare mi inocencia… Larsen, esa palabra suena tan raro entre sus labios...

D.G.

dissabte, 10 de setembre del 2011

10/9/11


Ya me avisaron de la morgue. Sabía que Maigret no tardaría en llegar. Aún no lo retiraron comisario?... Le molesta, doctor?... Muy al contrario, siempre es un placer recibirle. Pero leí en la prensa… Usted cree en los periódicos?... Lo imprescindible… Hace bien… Pero pase, comisario, sin ceremonias, siéntese. Le puedo ofrecer un trago o viene en horario prohibido?... Hoy puedo beber, vine a pedirle un favor… La policía no pide favores, hace interrogatorios… Pues no me haga recurrir al protocolo… Gin?... Con hielo, hace un calor de otro sitio. Está raro París. Se trajo el clima de su tierra, doctor… No crea, en Santa María el frío puede llegar a helarle el alma. Pero no vino a hablar de mi país, me equivoco… Doctor, qué pocas veces se equivoca. Sabe que vine a eso. Doctor, cuando me retiren con medalla incluida, debería contarme cuánta de su gente tenemos en prefectura, en la morgue, en los despachos judiciales… Por quién me toma, yo no soy importante. Además, los policías no se retiran nunca… En eso le doy la razón. Puedo?... Adelante, está usted en su casa. Yo prefiero los cigarrillos, pero la pipa tiene un aroma que me transporta a ciudades con barcos mercantes, puertos con mujeres hermosas y tristes… Y astilleros cochambrosos de dudosa rentabilidad… Veo que conoce mi ciudad… No tanto como quisiera. Leo sobre Santa María, y cuando releo me da la sensación de un descubrimiento. Nunca acabo de acabar… Bonita frase. Tampoco acabas nunca de acabar París, si me permite… Es posible. Dígame, llegó a conocer a un tal Larsen?... Veo que comienza el protocolo… Encontraron un cadáver en el río. Otro. Lo sabrá por lo imprescindible de los periódicos… Hasta que no cotice en bolsa, podemos fiarnos de la página de sucesos. Lo leí, comisario, y recordé el crimen de la muchacha muda… Cómo sabe que era muda?... En algún sitio debí leerlo… Imprescindible, algún sitio imprescindible. Qué me dice de Larsen?... Lo vi un par de veces, no más… Pero fue todo un personaje… Cayó en desgracia… Alguien se tomó la molestia de colocar una cédula falsa que conocíamos como de Larsen en el joven que apareció en el río… Sólo quien no ha visto nunca a Larsen puede cometer tal error… Usted lo ha dicho, doctor, ha sido un error. Larsen sigue vivo y nosotros tenemos otro cadáver de un joven sin identificar. Sabe por quién se hace pasar?... Ni idea... Onetti, Juan Carlos Onetti. Y aquí el favor que venía buscando, doctor. Cómo puedo contactar con él. Tengo entendido que era un autor conocido en Santa María y al igual que usted tuvo que exiliarse… Verá, comisario, le prometo que haré todo lo posible por encontrarle al autor. Pero me temo que las razones que le obligaron a exiliarse son algo diferentes de las mías… Pero entre compatriotas siempre existe un vínculo que nadie mejor que ustedes puede retomar… Haré todo lo que esté en mi mano… Ah, y si por una casualidad topara con Larsen, no deje de avisarme, tenemos algo que le pertenece… ¿El muerto?, no creo. Larsen, recuerdo, tenía otro estilo…

D.G.

dissabte, 3 de setembre del 2011

3/9/11


A qué viene tanta sorpresa, doctor?... Tuve un adelanto de su muerte… Si gastó mucho en flores, no me pida compensaciones… Hice algo mejor. Brindé a su salud… Ginebra o caña?... Una cosa llevó a la otra. Un trago?… La duda, ofende. Me quita un peso de encima. Y cómo fue la cosa?... Alguien, que no sé si conozco, le hundió un taco de billar en el cogote… Al menos, no sufrí. Un descabello oportuno y profesional puede ser una bendición. Va de billares?... Va de billares, de aquí la confusión. Y porque alguien, que ya no sé si conozco, me trajo su cédula de identificación... ¿La del escritorcito uruguayo? Ahora, comprendo. Dejé que un tipo me la robara en la estación. La policía la tiene tan oída que dije: mejor me deshago de ella… Y también buscaba billares... Puede. No sé. En la cédula guardaba una nota donde buscar jugadores de billar. Abusó de su confianza. Ese es mi diagnóstico, doctor, qué opina?... Lo firmo…

[De contrabando -ponderó Larsen, alzando la botella… Sí, debe ser, la traen en la balsa… Volví a sentarme detrás del escritorio, nuevamente seguro y capaz de protegerme con la indiferencia, como si Larsen fuera un enfermo. Espere -volví a decir, mientras el otro bebía. Fui hasta el rincón de la vitrina de instrumentos, desconecté el teléfono y regresé a la silla del escritorio. Muy buena. Seca. -dijo Larsen… Sírvase usted mismo….](1) Y cómo llegó a usted?… Ya le dije, alguien que protege a un amigo que él mismo cree ser desnudó el cadáver y cogió esta identificación… Pues me torció la jugada. Estuve y no estuve en los billares. Morí y no morí como un buey…

["Pero él nunca estuvo aquí, nunca me trajo alguna de las mujeres para que la abriera innecesariamente con el espéculo. O podía haber llegado una alguna tarde, en una era anterior a los antibióticos, para pedirme con un retorcido orgullo, de amigo a amigo, que le aplicara la sonda. Y sin embargo, se mueve como si conociera de memoria el consultorio, como si esta visita fuera un calco de muchas noches anteriores"](2)

No andan aburridos en la ciudad. Escuche, doctor, en confianza, ese alguien que conoce y no conoce y que cree ser quien no es, no podría hacer regresar la cédula a los billares?... Le interesa estar muerto, por lo que veo?... Digamos que esa sospecha podría darme un margen de maniobra. Por de pronto aplazaría mi marcha a Marsella.

[El olfato y la intuición de Larsen, puestos al servicio de su destino, lo trajeron de vuelta a París para cumplir el ingenuo desquite de imponer nuevamente su presencia a las calles y a las salas de los negocios públicos de la ciudad odiada. Y lo guiaron después hasta el galpón con lucernarios, goteras y pasto crecido, hasta los enredos de cables eléctricos del astillero](3)

D.G.

(1) El fragmento señalado, como en anteriores ocasiones, es copia casi literal que el doctor Grey realiza de otra obra de Onetti, El Astillero, pág. 82 de la edición de Salvat que este compilador de dietarios apócrifos posee.
(2) Idem, pág. 81
(3) Idem, pág. 22

dilluns, 29 d’agost del 2011

29/8/11


Definitivamente empiezo a comprender. O eso creo. Hace una tarde asfixiante. El cielo tiene el gris azulado de las cosas impuestas. No hay opción que valga. Cae sobre nosotros y mejor dejarlo estar. Larsen siguió al tipo equivocado al sitio equivocado. Pongamos que siguió al tal Tom. Y pongamos, también, que Dorian no hace otra cosa sino seguir a su vez a ese Tom que él mismo dice ser. Pongamos que los vio entrar en los billares. Y que pasado un tiempo vio salir a Tom.

Decidió, entonces, entrar al local. Se despistó entre las tragaperras, hasta que en un descuido de la recepcionista bajó donde las mesas de billar. Nadie quedaba allí. Y le extrañó. Porque el hombre del panamá -Larsen, supongo- no había salido aún. Vio el taco apoyado en la silla y las bolas sobre la mesa de pool. Pensó en los aseos de la planta superior. Puede que coincidieran en el tiempo su entrada al local y la del supuesto Larsen a los lavabos. Pero ahora no podía subir a comprobarlo y que alguien fijara la atención sobre él. Vio la puerta del fondo, junto a las taquillas. La oficina. Cerrada. Dio unos golpes en la puerta, sin saber el porqué. Nadie contestó. Abrió con inesperada habilidad la cerradura, y entró. El resto, si creo lo que contó Dorian, encaja. ¿Y las fotos? ¿Por qué y quién hace fotos a un cadáver desnudo, que más parece un buey sacrificado, y cómo llegaron a las manos de Dorian?

Sigamos poniendo. Pongamos que Dorian decide suplantar al hombre del panamá. Jugada maestra. Si el cadáver sale andando, cuándo entró el cadáver que allí queda?. Pongamos que Dorian se desnuda y se viste con las ropas del hombre sacrificado. Bien, el individuo del panamá amarillo vuelve a la vida. Dorian descubre, en alguno de los bolsillos, los efectos personales con la cédula de identificación. Ya sabe quién es, o eso cree, aquel cuerpo derrumbado.

Y junto a estos documentos, encuentra también los clichés mostrando el cuerpo... No, imposible. No son fotos polaroid que el tal Tom -supongo, el asesino- pudiera dejar en el acto como morboso reportaje del espectáculo. Además, una cámara polaroid no pasa desapercibida. Las fotos deben haberse hecho con una cámara pequeña, pero de las que apenas ya nadie usa. De las analógicas. Y alguien tuvo que revelar el carrete y entregar los clichés a Dorian. Sólo puede ser ese tal Tom. Quién, si no?... Qué sé realmente de Dorian?... Definitivamente, no acabo de comprender. Miro quedamente el escritorio. Está repleto de cosas inútiles, agradables, tan necesarias. Enciendo un cigarrillo. Intento reordenar mi mente. Alguien llama a la puerta. Quién podrá ser a estas horas?... Larsen!!! Tú?... Quién, si no, doctor? Ya le advertí...

D.G.

dimecres, 24 d’agost del 2011

24/8/11


Cuando empiezas a creer que los días se suceden sin alteraciones, repitiéndose los unos a los otros como bostezos. Y que esta especie de bucle ominoso se eterniza en las tardes más largas jamás vividas. Cuando parecía claro que los últimos hechos no habían podido encontrar un camino hacia ti, y que todo quedaba al margen de esta casa, de tu pequeño y oscuro mundo. Que a pesar de los pesares, es más que posible se encuentre algún estúpido asesino entre nosotros. Que, en fin, una vez más hemos sabido esconder los pecados mostrando toda su fuerza como acontecimientos. Entonces, se presenta alguien que hasta ahora creías conocer, aunque sólo fuera en parte. Y te cuenta lo que hay a la otra parte del espejo.

Dorian vino a verme. Comenzó otra vez con la historia de que es un tal Tom. Hasta ahí, nada nuevo. Ya no me molesto en tratar de razonarle. Sencillamente le sigo el juego. Pero me cuenta que comienzan a preocuparle o más bien a agobiarle los trabajos que Dorian realiza para evitar que Tom se meta en líos. Y empiezo a perderme.

Qué quieres decir, Tom? ¿Conoces al tal Dorian?-le digo. Desde luego, doctor. Cómo si no iba a saber lo que pasó en los billares. Fue él quien desnudó el cadáver del hombre del panamá amarillo y salió con sus ropas puestas, comprende? -me espetó. A ver Dorian… Tom, doctor, Tom… Bien, Tom. He seguido el caso de los billares por la prensa. En el Miroir de l'Absinthe dicen que el hombre del panamá amarillo salió por su propio pie… Eso creen todos, pero fue Dorian el que, sabedor del peligro que Tom corría dejando el cuerpo con las ropas y los documentos, entró al local de juego y en un despiste de la recepcionista bajó a los billares. Abrió la oficina con el juego de llaves maestras y se puso la ropa del muerto. Aunque aquel hombre era más corpulento, dobló los camales del pantalón hacia dentro. La camisa pasa desapercibida. Y salió con la chaqueta plegada en el brazo izquierdo y volteando el panamá entre las manos.

Bueno, Dori.., perdón, Tom, veo que no es mala teoría la tuya. Tal vez ayudaría al inspector Clouseau, que por lo que me cuentan mis amigos de prefectura no parece tener muchos recursos. Pero, claro, lo primero que te preguntarían, incluso Clouseau lo haría, es cómo demonios se puede enterar Dorian de todo lo que hace Tom? Y sobre todo, qué necesidad tiene ese Tom de matar a nadie, y menos a un señor tocado con un panamá amarillo que lo único que pretende es jugar un rato al billar… Ah, muy fácil. Dorian y Tom no tienen secretos el uno con el otro. Son reflejos mutuos. Como el retrato que nadie quiere hacerle a Dorian y que reflejaría a su vez las huellas de sus actos. ¿Me sigue? Lo del hombre del panamá no deja de ser una apuesta en la ruleta. Tom pensó que venía directamente de su pasado, y decidió eliminar ese recuerdo. Dorian lo único que hizo fue evitar que esos hechos acaben reflejando la imagen de Tom… Bueno, tal vez tengas razón. Pero dime, el tal Dorian entró desnudo al local?... Caramba doctor, hoy le veo un poco espeso. Su ropa la ocultó en la taquilla que Tom tiene en el club. Es socio. Por cierto, me dijo que le enseñara esto… Quién?... Dorian, quién si no…

Y sacó del bolsillo una funda de plástico donde guardaba cuidadosamente unos papeles. Una cédula de identificación y unos clichés de los antiguos. Comprobé, al trasluz de la tarde que caía, el cuerpo abultado y desnudo de un hombre sin rostro. De un sacrificio abrumado por los contrastes hirientes del negativo. Otro reflejo de una realidad que venía a través del tiempo para instalarse en mi casa. Una realidad temida que la cédula confirmó. Lo que aquel cuerpo negro de un blanco me hizo sospechar desde el principio. Era la cédula que Larsen utiliza para ocultar su verdadera identidad.

D.G.

divendres, 19 d’agost del 2011

19/8/11


Veremos cómo se toma Maigret su cese. Cuando me lo dijeron esta mañana me quedé muy extrañado. No, las piezas del puzle no van a ser las habituales. Y es que esta realidad se me escapa. Durante años, y aunque admita algunos sobresaltos, las cosas parecían obedecer a una lógica interna que las animaba y las ordenaba. Yo conocía esa lógica y el ajuste final se producía sin mayores consecuencias. La vida parecía haberse instalado en una especie de quietud inamovible que recordaba la sólida lámina de un mar en calma.

Pero pasan los años, y yo, que creía que esa sensación iría en aumento consolidando un bienestar casi anodino, compruebo cómo el desasosiego se instala en casi todos mis movimientos, incluso en los más fútiles: encender la lámpara en la inicial penumbra del atardecer, abrir el libro que deseo leer o el cuaderno en donde anoto estas palabras. Y entonces, bebo. Bebo, no por sed. No por emborracharme. Bebo, porque la mecánica de llenar el vaso derramando el alcohol sobre el hielo que antes puse me relaja, me da una tregua necesaria. Y no necesita mi decisión consciente. Como un amor envenenado. Bueno, como el amor. Y sólo entonces, puedo coger la pluma y moverla obsesivamente sobre el papel. A veces hay palabras en esos trazos. La mayor parte de las veces no, sólo es tinta derramada, como en aquellas sangrías de la medicina del pasado pero que aquieta mis temores. Sí, el miedo me atenaza, me invade incluso en las decisiones más banales. Y mi cinismo languidece ante tanta inquietud.

Qué fácil es ser un cínico con el miedo de los demás. Dorian debería preocuparme. Pero me aburre. El acoso al que dice estar sometido. Esa estúpida idea del cuadro penitente que se le ha metido en la cabeza. Llámeme Tom, doctor -insiste una y otra vez. Pero dame alguna razón, le digo. Hágame ese favor, doctor Grey, es muy importante para mí. Dame un porqué, sólo te pido eso. Hoy por hoy, no puedo, doctor… Y así un día y otro. Pobre muchacho, qué realidad estará viviendo para necesitar tantos subterfugios. Como yo, como tantos que no somos sino un conjunto de sortilegios.

Larsen llega de aquí unos días. Dice que igual necesita salir del país y que ha pensado venir a saludarme. Veremos qué pasa con su saludo. Dice que le busque un club de billar, que viene justo de pesos -él siempre habla de pesos- para el viaje. Vaya novedad. Preguntaré a los chicos por los billares, alguien sabrá el club apropiado para Larsen. Un club donde seguro que nadie habrá oído hablar del dry de Noilly-Prat.

D.G.

dissabte, 13 d’agost del 2011

13/8/11


Faltan piezas en el puzle. Faltan piezas maestras. Y por lo que veo no van a ser las habituales. Dorian me dijo que alguien va tras él. Unas llamadas telefónicas anónimas. Un pasado que se obstina en seguir vivo. Además, añadió, todo quiere indicar que tuve alguna relación con la chica, pero que no hay nada de eso. Aquel saludo es lo único que compartieron. Y fue cuando ella desvió la mirada. Así, que apenas si le vio. Pueda que diga la verdad, pero yo hace mucho que no creo en la verdad. Pero qué pudiste hacer, si apenas tienes pasado, le dije. No crea doctor, a veces las apariencias engañan. Últimamente no soporto los espejos.

Por lo que me dijo mi contacto en la prefectura, la última mujer asesinada es la misma de las fotos obscenas. Allá cada uno con sus miedos. Hay satisfacciones que ningún miedo debería disculpar. Pero quien acosa a Dorian fue quien puso el sobre en el vestido de la chica. De eso comienzo a estar más que seguro. El ciclista puede ser una pieza del puzle. Sólo él, además de la receta y las fotos, puede vincularnos directamente con los sucesos del río. Pero es un mero observador, no parece parte activa del drama.

Esta mañana en la librería de raros conocí, o vino a conocerme, un tal Dupin. Mientras ojeaba un libro donde Calpe aún era Compañía Anónima de Librería, Publicaciones y Ediciones, oí como preguntaba a Henriette por los Speculum. Parece que los dos buscábamos los mismos raros, cosa que no deja de ser rara, a su vez. También se interesa por los Speculum. Y se ofreció a enseñarme su colección. Dice estar fascinado por tal cosa. Algo que responde a la lógica más determinista, pero que acaba dando una visión contraria, punto por punto, de la realidad. O al menos, eso creemos.  La conversación, o más bien intercambio de fascinaciones personales, recayó, como era de esperar, en la leyenda, en el mito, en el Speculum que todos codiciamos, el Speculum Speculorum, y del que nadie puede afirmar categóricamente que exista o que no exista. Como la misma imagen que vemos reflejada.

He de reconocer que fue una mañana agradable. El trasfondo siempre sensual de los pasos de Henriette por los pasillos ocultos y laberínticos de la librería. La sombra suave de sus facciones a juego con el contraluz de la mañana. Sus brazos dibujados y la mirada confusa de quien sabe comprender. La letanía sobre los Speculum. El sol siempre alegre de París. Como un niño enfermo de asma que muy pocos días al año respira con total plenitud.

D.G.

divendres, 5 d’agost del 2011

5/8/11

El chalet suizo del doctor Grey, de aquí

Cuando Larsen dijo que nunca querría encargarse, por un instante dudé si Verdoux... Qué importaba quién echara tierra al asunto. Pero hay asuntos y personas con los que más vale no improvisar, y Henri es uno de ellos. Lo de la morfina lo soluciono yo, pero el resto… No sabría decir en qué momento la cosa se nos fue, se me fue, de las manos, pero así fue. Todos tratando de evitar ese infierno tan temido, y fuimos a caer en él, o más bien, fue él quien nos cayó encima. Desde el primer momento tuve reticencias con lo de las imágenes. Puedo entender que quiera estafarle con lo del oro, pero el chantaje… Y ahora hay un sucio asesino entre nosotros. Que no todos son iguales, los asesinos. O eso creo.

No pasa un día sin que recuerde a la muchacha. Dorian saliendo por el jardín y ella girando el rostro hasta clavar sus ojos en el tipo de la ventana, el ciclista. Y después apareció, y cómo, en el galpón del río, quién puede hacerle una cosa así a tanta belleza. Y aquí empezaron nuestros problemas. La receta del opio y las fotos, todo en el mismo sobre. Qué era ella? Cómo llegó a juntarse una realidad que tan lejos vivía de la otra y de la otra, ella misma, en aquel cadáver anónimo descrito con pereza por el forense?...

Maigret no ha perdido el tiempo. Pasó esta misma mañana. Sabe, -me dijo- esta calle tiene algo extraño. Rue de l'Absinthe, jamás oí hablar de ella antes, y en pocos días es la segunda vez que llego hasta aquí. Y una agradable sensación de déjà vu, y el mejor pernod de mi vida recorren mi espinazo. Qué dice a esto, doctor?... [Siéntese, comisario… Gracias, la última vez que nos vimos yo me llamaba Maigret… Pero hoy resolví ascenderlo. Ya sé lo que lo trajo… Maigret quedó dudoso ante las butaquitas doradas. Siéntese en cualquiera -le dije-. Si la rompe me hace un favor. Y ante todo, ¿qué tomamos? Estoy pasado de ginebra… No vine a beber… Ni tampoco a contarme que en horas de servicio nada de alcohol…](1) Sólo me enseñó la prescripción con mi firma, nada de lo otro. Pero nunca indico el nombre del paciente, el fármaco viene a máquina y la firma es un cuño desdibujado con membrete que cualquiera podría encargar en la papelería de al lado. [Eso no lo escribió nadie, nunca, y nadie me lo contó](2) ¿Quiere decir que desconocía este asunto?... Qué asunto, comisario. Qué quiere decir?... Usted dijo que sabía lo que me traía aquí. Imagino que sus amigos de la morgue… No, se equivoca. Pensaba en Dorian, un paciente. Un chico difícil, al que le ha dado por decir que es americano y que se llama Tom. Creí se hubiera metido en problemas. ¿La llevaba un muerto?... Muerta. Y debería verla para comprender que a veces necesitamos decir la verdad…

D.G.

(1) El texto entre corchetes es copia prácticamente literal de un fragmento del cuento El perro tendrá su día de Juan Carlos Onetti. Se le puede encontrar en la edición de Lumen, año 1979, pág. 331. La razón por la cual el doctor Díaz Grey desea hacerlo pasar como propio, escapa a la modesta inteligencia de este compilador de dietarios. Agradeceré al apócrifo lector de estas líneas tenga la amabilidad de indicar posibles causas.

(2)Por segunda vez, el doctor Grey transcribe una frase del citado cuento, ahora de la pág. 333