dissabte, 24 de setembre de 2011

24/9/11


Salgo poco a la calle. Soy hombre de interiores. Se puede decir que los médicos buscamos envueltos en la obscuridad. El oculista ve tu ojo interior en la penumbra de la cámara oscura. El radiólogo la convierte, además, en acorazada. Parece, que cuanto más adentro queremos echar una ojeada, más negro e impenetrable ha de ser lo que rodea al hombre. Quién puede sincerarse con el loquero que te recibe bajo el crudo grito de los neones? Tome Prozac y olvídese de que alguna vez vino a verme. Quién puede mirar en el cerebro humano cegado por el reflejo lechoso de un listado de citas previas? ¿Aceptaríamos contar nuestras miserias en un confesionario bajo un sol omnímodo? No, necesariamente acabaríamos mintiendo. Los interrogatorios conseguirían mejores resultados sin focos, en la sombra quebradiza de la tarde, y cuando el acusado sin rostro hablara a los auditores sin rostro de sus penas asesinas.

Y hablando de lo que se habla, yo tenía que hablar con Maigret, y he salido al exterior. Sábado mañana, buen día y buen momento para sorprenderle. Seguro que nadie le avisará de mi visita. Le imagino en mangas de camisa, la cintura del pantalón desabotonada, tirantes y unos mocasines de lona. La suave pipa tras el desayuno y la prensa desfilando ante sus ojos de inspector.

Me dirijo al metro y me sorprende el toque de flauta de un afilador. La crisis está devolviéndonos oficios perdidos, pienso. Es cierto que nadie toca la flauta en vivo por las calles de París, una pena, son grabaciones, pero ésta no la han hecho con ordenador, sino directamente de alguien que aún recuerda los toques milagrosos de reunión improvisada, de rutina rota en música y grito. Y, por un momento, toda Santa María cae sobre mí.

Aquella bicicleta con las muelas sobre la rueda trasera paseando al compás de las escalas musicales y las voces del afilador. Las mujeres y niños acercándosele en una prodigiosa alternancia más propia de los dictados de un director de escena que del azar de las cosas. La correa que abraza el aro impuesto a la rueda y el pedaleo hacia atrás, hacia el pasado, que gobierna el eje del que penden las piedras redondas de afilar. Y las chispas, y los sonidos irritados que las entregan al aire, y los ojos de los niños con el asombro en los párpados, mientras enseñan, desde la sombra que rodea el chisporroteo, las demasiadas tristezas acumuladas por tan pocas alegrías recibidas. Santa María.

Pero qué se le perdió por aquí, doctor?... Larsen y un montón de recuerdos… Caramba, ya veo que tendré que dejar de lado el protocolo. Qué toma?… Lo mismo que usted… ¿Café con leche?... Maigret, por Santa María… Es broma, doctor. ¿Pernod?... Eso suena a música de afilador… Cómo dice?... Me parece perfecto…

Comisario, puede que un tal Tom o Dorian, al que yo atiendo en mi consulta, sea, casi con toda seguridad, el asesino de los billares… Algo sabíamos... Y del joven del río… Cómo sabe eso?... Larsen me contó… Para exculparse… No parece. Pregunte en Chez Vic. El dueño y otros parroquianos le confirmarán lo que él me dijo… Y por qué?... Va confundiendo a la gente, este Tom. Está loco. Del joven pensó que era un tal Dickie… Greenleaf… ¿Cómo?... Dickie Greenleaf, un amigo americano que desapareció en el mar y del que nunca se supo bien qué pasó… Y el de los billares, Larsen dice desconocer los detalles, pero intuye otra equivocación. Simplemente estaba en el momento equivocado en el sitio equivocado… Eso son conjeturas… Qué pocas de esas he visto que le fallen a Larsen…

Qué sabe de VSI?... Según nuestro común amigo, disparan antes de preguntar. El muchacho trabajaba para ellos… Y la oficina, le comentó algo?... Nada. Ahí, no entró. Estoy convencido que la relación de Larsen con estos homicidios es una sombra que el azar echó a su alrededor... Y que nos obligó a mirar con mayor interés. Nunca me parecieron los habituales crímenes de pervertidos. Pero para mí, la sombra de la que usted me habla se llama más bien Henriette, la conoce?... Ha desaparecido. La librería lleva tiempo cerrada. Se la ha tragado la tierra… O una extraña oficina, doctor…

D.G.

2 comentaris:

Concha ha dit...

veremos que pasa con Henriette,no la entiendo,su personaje es oscuro ,para mí...beset.

Lapsus calami ha dit...

Sí, a mí también me resulta un personaje inquietante. ¿Es buena o mala gente?, como diría Dersú. Un beso.