dimecres, 28 de setembre de 2011

28/9/11


Tras hablar con el comisario, me dirigí, un poco guiado por remordimientos que no acababa de entender, hacia casa.  La librería de Henriette, donde tantas horas agradables he disfrutado registrando entre sus estanterías cambiantes, me vino a la mente. Y era la primera vez que reparaba en esta circunstancia imprevisible. Nunca encontrabas los libros ya vistos en el lugar que ocupaban la última vez. Sí que pensé la de trabajo que este constante trasiego le llevaría, pero nunca creí que fuera algo significativo y, por supuesto, jamás le pregunté.

Sabía que la encontraría cerrada, y, sin embargo, inicié el pequeño rodeo de calles que me permitiría pasar por delante antes de llegar a casa. Algunas zonas de París mantienen un entramado de calles que recuerdan más las de un zoco árabe que la cuadrícula a la que Haussmann quiso reducir París. Y esta retícula puede llegar a adentrarse en algunos edificios, donde los patios interiores a dos calles permiten atajos que dan la engañosa sensación de poder atravesar muros y habitaciones, e incluso de una fugaz alteración del tiempo, una pequeña ojeada a un pasado que, por otra parte, nunca llegamos a vivir. Es la magia de los pasajes o de las calles que alguien se ocupó de cubrir bajo techado traslúcido.

Llegué a la librería y la encontré cerrada a cal y canto. Pero yo no tenía intención de pasar de largo, lo que hubiera hecho de haber cedido a la zozobra que me produce quedarme parado en medio de la calle y a la vista de todos. Doblé la esquina, me alejé un poco, aminoré la marcha, hice como que recordaba algo importante y volví sobre mis pasos. Necesitaba no ser una pieza extraña en el conjunto de piezas del puzle que encontré. Intentaba encontrar qué cosa tan importante había recordado y que me obligaba a desandar lo ya recorrido. Tenía la mente en blanco. No podía hacer la misma maniobra al otro lado de la esquina. A un observador objetivo le hubiera resultado poco creíble. Y entonces vi la tienda de antigüedades.

Era la salvación. No lo pensé dos veces, entré. No había nadie, o eso parecía. Desde el fondo del local, y oculta tras todos los objetos que allí se amontonaban, oí una voz tranquila, algo aterciopelada, pastosa más bien y con silencios tan extraordinarios que diría hablaban más que las palabras. Pase, pase, está usted en su casa. Pase y mire todo lo que quiera. Pero no toque las cosas de su sitio, es lo único que importa. Soy mayor, y necesito que todo esté allí donde lo puse por última vez. Tómese todo el tiempo del mundo, doctor, sus amigos están por venir.

D.G.

2 comentaris:

Concha ha dit...

...uhmmmmmm...muy interesante!!!a ver...beset.

Lapsus calami ha dit...

Bueno, parece que se acerca algún tipo de conclusión, o no. Un beso.