dilluns, 19 de setembre de 2011

19/9/11


Llueve sobre el río. Llueve en la ciudad. Llueve sobre París. El viento frío del norte comienza a visitarnos después de un verano extraño para mí, donde he sido un personaje extraño dentro de un escenario más extraño aún plagado de espejismos. Sé que no entro en esta historia, pero estoy aquí y no debería eludir las responsabilidades que he adquirido. Pronto volveré a mi país, a mi tierra abierta al horizonte, al bosque que siempre me protegió, que cuidó de mí. Llueve sobre el río, y esta acción refleja en sí misma el sinsentido de las cosas, o el sentido último de su conjunto.

La tarde que ayudé al ciclista, no sé bien el porqué, pero le seguí. Nada más pisar la Rue de l'Absinthe, donde él vive, supe que allí comenzaban los rastros, las primeras huellas de esta historia. Hay una casa con jardín rodeado de una verja. Número 14 de la Rue de l'Absinthe. Las ramas de la celinda y del jazmín se cuelan entre los alambres del enrejado. Las hojas del magnolio fermentan sobre le suelo húmedo dominado por los helechos, las dalias y las flores que cuidan su piel de un sol que apenas roza parte de la fachada de ladrillo a la vista.

Delante de la cancela del jardín he visto a la muchacha que mataron en el río. Entre las flores del jazmín que se abren paso a la calle aún quedaban enredados algunos cabellos de su pelo rojizo como el cobre. Estuvo sentada en ese banco y giró su cabeza hacia la puerta de la casa y hacia la ventana donde he visto asomarse al ciclista, y eso facilitó que sus cabellos quedaran atrapados entre las flores. Sobre ese muro debió apoyar la bicicleta.

La casa es de un doctor. A través de la ventana pude ver un hombre que fumaba en pipa, como yo mismo hago cuando pienso. Puede que sea el doctor. Siempre es difícil saber del corazón de los hombres, sobre todo a través de sus palabras. Tampoco el rostro es buena guía de la verdad. Algo más nos dicen los ojos, los labios al moverse, y por encima de todo las manos, que a fin de cuentas son las que hacen las cosas.

Me gustó cómo cargó su pipa. El movimiento de los dedos presionando las fibras de tabaco acomodándolo en la cazoleta, buscando el espesor apropiado, que respire pero no mucho, que queme con el tempo adecuado. Pero sus dedos son muy particulares. Sus manos pueden hacer cosas que otros creerían terribles. Tiene una visión muy personal de las cosas, de los hombres. No sé a qué tipo de gente pertenece. Ni qué parte tiene en este asunto. Son muchas las sombras de la casa. Pero no sé hasta qué punto se corresponden con las sombras de los hombres que la habitan.

Llueve sobre el río. París es una ciudad de lluvia fluvial. El aguacero cae por las pendientes de sus montes adoquinados como menguados barrancos bajo el reflejo grisáceo y violeta de los ojos de la muchacha en el crepúsculo. Alguien que se sienta en un banco público y abandona la realidad, sólo busca el beso perdido de la infancia bajo la piel de lobo de los amores furtivos. Y es capaz de abandonarse definitivamente a los sueños. Sea cual sea el precio: la locura o la muerte. En el banco aún permanece indeleble el tinte desesperado de sus labios. Tres letras fijó para el recuerdo VSI.

D.U.

2 comentaris:

Concha ha dit...

me encanta este post,hay retazos que conozco,pero la relación con los crímenes se me escapa.beset.

Lapsus calami ha dit...

Dersú apunta a las razones de la muchacha. Qué buscaba en el río? Y una letras muy inquietantes, VSI