dijous, 1 de setembre de 2011

1/9/11


En el fondo todos somos cazadores furtivos. Los que mataron a la muchacha que vino a visitarme, a pedirme ayuda, o el que acabó con la vida de esas mujeres que van en boca de todos, y tal vez más aquellos que aprovechan el momento, la ocasión no prevista, furtiva en mayor medida, como el caso que me contó este joven que viene a visitarme, a pedirme ayuda, y que me habló del hombre desprovisto de atributos, de ropas, de sus pieles, tan anónimo como un oso en carne viva.

Ayer tarde, también yo acabé siendo un cazador furtivo. Pero en lugar de piezas, cobré imágenes. La caza en las riberas de los ríos suele ser de mala calidad, y aquí la cosa no es diferente. Algunos pajarillos o, como mucho, una liebre. Dicen algunos pescadores que últimamente hasta los jabalís bajan hacia la ciudad, y que se les ha visto por aquí. Veremos si hay suerte. El problema de las imágenes es que se quedan en los ojos de la memoria y no desaparecen en las cenizas de una hoguera.

La mujer vestía de negro. No entiendo de ropas, pero diría que su plumaje no era el adecuado a las orillas de un río. Estaba de pie en uno de esos pequeños muelles donde atracan las barcas de paseo. Daba pasos sin pensar. Esperaba. A veces, en uno de esos pasos, miraba con atención a sus propios pies, como comprobando que todo estuviera en su lugar. Le preocupaba su aspecto. Arreglaba una y otra vez la cintura de su falda pegada al cuerpo que le llegaba hasta la rodilla. Ponía cuidado de no encajar los finos tacones en el espacio que los tablones del suelo dejaban entre sí. Esperaba. Cruzaba sus brazos sobre el pecho y con su mano izquierda corregía la redecilla que cubría su rostro desde el tocado del cabello. Una cartera alargada y negra se mantenía sujeta por la axila sobre la blusa negra y brillante.

La observaba protegido por unas cañas. Esperaba que una pieza cayera en el lazo de la trampa que había tendido a mi lado y que sujetaba con la mano. Debía haber llegado en una de las barca amarradas al muelle. Por el camino, y aunque estaba algo lejos, no me pareció ver huellas de calzado tan impropio. El débil sol de la tarde desapareció detrás de las nubes que crecían. La luz se hacía cada vez más gris y amenazaba tormenta. Las ramas de los árboles comenzaron a mecerse al compás de las ráfagas agitadas del viento que parecía acudir a la cita de la mujer.

De pronto, dejó de andar. Miró fijamente hacia los tupidos arbustos del cercado cercano al embarcadero, que yo apenas podía ver. Entonces bajó sus brazos y la cartera cayó sobre las tablas del suelo. Pero ella no hizo el menor gesto de sorpresa. Muy al contrario, y como si al fin hubiera llegado quien ella esperaba, levantó la redecilla negra y posó su mano derecha en el cuello mientras la izquierda buscaba el vientre. Había algo o alguien agazapado tras aquel bloque de ramas encerrado en la valla. Y entonces cayó la pieza en la trampa. Sus chillidos llamaron la atención de la mujer. Distraído por las imágenes, perdí la presa al no poder asegurar el lazo. Cuando volví la vista hacia la mujer, ella huía en un pequeño bote.

D.U.

2 comentaris:

Concha ha dit...

esta mujer es quizás la muerte,esotra visión de Dersu...como ves,sólo hago preguntas porque no sé las respuestas.muy bonito este dietari de Dersu.beset.

Lapsus calami ha dit...

Y quién mira escondido a la muerte?... Un beso.