dijous, 8 de setembre de 2011

8/9/11


Para quien no la conoce, la vida en el río puede parecer monótona. El continuo fluir de las aguas. La vegetación repetida de sus riberas. Sus orillas de visitantes previsibles. Por eso, la mujer de negro me dejó tan perplejo, un poco hechizado. Me quedé con la idea de que Dersú a veces es mala gente, que ve lo que no tiene que ver, lo que pertenece a otros. Pero quién puede esperar intimidad en el embarcadero de un río?

Sin embargo, estas intimidades al aire libre tienen algo de ritual mágico, de celebración necesariamente decorada por el viento y el cielo, recortada sobre el telón de las aguas quietas, arrullada por el murmullo de las cañas y la hojarasca arrebatadas por estas pasiones mostradas impúdicas, ostentosas, reivindicativas en su belleza oscura y triste. Cuando la mujer de negro huyó en el bote intenté averiguar quién se escondía tras el follaje. Yo seguía agazapado, y tuve que moverme sigilosamente para tener mejor visión sobre aquel sitio hacia donde la mujer miraba insistentemente sin ser descubierto. Al principio, nada parecía indicar presencia alguna entre aquellos arbustos. Los únicos movimientos los producía aquel viento que anunció a la mujer que alguien había llegado. Espere pacientemente, con el mismo celo que lo hubiera hecho al acecho de un venado. Nada. Pensé que aquella mujer era víctima de algún tipo de locura, de alguna forma de realidad que nacía impulsada por el viento agitando las ramas anónimas del río.

Parecía que la función tocaba a su fin. La actriz había hecho un mutis fluvial y yo, el espectador a su pesar, seguía creyendo en la posibilidad de encontrarle algún sentido a lo sucedido. Nada. Recogí la trampa, incapaz de volver a entrar en el personaje que aguarda la pieza emboscado tras la cañas. Colgué el arma del hombro, también la bolsa. Y me puse en camino hacia la tienda. No había dado los primeros pasos que tuve la sensación de no estar solo, de que alguien iba tras de mí. Me giré. Nada. Volví al camino, pero atento. Sí, alguien o algo me seguía. No era la primera vez que el espíritu del mal me vigilaba. Pero sí la primera que noté su presencia como una amenaza. La noche se arrojaba sobre nosotros. El perseguidor y yo. El tiempo obedecía al mal.

Avanzaba rápido, pero más rápida era la obscuridad. Apenas si podía divisar dónde ponía mis pasos. Intentaba no sentir miedo. No dejarme apoderar. El mal huele el miedo. Como un sabueso ciego capaz de lacerarse el hocico, las fauces, el cuerpo entero como un eccehomo, pero que no abandonará el rastro que el aire trae a sus fosas nasales. Pero no pude evitar acelerar el paso. Y comencé a tropezar con piedras que antes no eran allí, con ramas que impedían mi camino sin haberse alargado, con todas las trampas que la tierra ensayaba por mí. Y de pronto le oí. Detente -dijo.

Quedé como paralizado. Pero no tenía miedo. Yo no había roto ningún compromiso con la gente importante. Nada podía ocurrirme, pero saqué mi cuchillo antes de girarme. Vete de aquí -le dije. No tienes nada contra mí, y lo sabes. No mientas haciéndome sentir culpable de lo que no hice. Y el jabalí apartó su mirada encendida e inició su retirada con un paso veloz que no encajaba con su figura pequeña y torpe. Entonces comprendí que la pieza había quedado allí donde yo inicié mi regreso.

D.U.

2 comentaris:

Concha ha dit...

bueno sigue el misterio,el jabalí es otra visión de Dersu?,es culpable de algo,o todo está en la propia mitología de Dersu?.beset.

Lapsus calami ha dit...

Dersú ve cosas que los demás no sabemos ver, y detrás de ellas se esconden realidades profundas. Hosti quina por que em fa. Un bes.