divendres, 23 de setembre de 2011

23/9/11


Al principio he tenido un buen sobresalto, lo reconozco. Después, estupor. Cómo era posible. Me estoy volviendo loco? Dicen, los que entienden de locura, que preguntarse sobre el posible desequilibrio es señal de cordura. Será así, pero no comprendo qué es lo que puede estar pasando.

Últimamente me encuentro cansado, muy cansado. Y suelo levantarme tarde. En sueños repaso, con una minuciosidad más propia de entomólogo que de asesino, hasta los detalles más modestos de todos mis últimos movimientos. Las nervaduras de unas alas microscópicas ya conocidas. Por ejemplo, me preocupa mucho mantener los mocasines limpios. No necesariamente relucientes, pero sin huellas de aquellos sitios donde haya podido estar. El río, los billares, las calles interpuestas. Y esta preocupación me lleva a frotar obsesivamente la puntera del mocasín contra la parte posterior del camal del pantalón, en un movimiento casi automático que hago cada tantos pasos dados y sin siquiera perder ese paso, borrando así los restos de suciedad que puedan quedar. Manías. Pero este tic no había comenzado a angustiarme hasta hoy, cuando al mirarme al espejo del baño he visto a otro hombre.

Instintivamente me he girado buscando mi espalda. No había nadie, claro. Era yo el que daba el reflejo equivocado. Heloise ha entrado para tomar su ducha diaria después del footing, y me ha dado los buenos días. Yo estaba aterrado ante la posibilidad de que descubriera el desacuerdo, pero se ha acercado al espejo sacando la lengua, luego ha tomado un poco de distancia y hablando a mi reflejo, al otro, le ha preguntado tranquilamente si no estaba echando tripita. No, cariño. Estás perfecta, maravillosa, como siempre -le ha dicho el otro acercándose por su espalda y abrazándola hasta juntar su mejilla derecha con la izquierda de Heloise. Eres un sol, Tommy.

He desayunado apresuradamente. No tenía otra preocupación que mirarme en todos los espejos posibles. Intentaría encontrar aquél que siguiera siéndome fiel. Pero no he encontrado ninguno. Ni los retrovisores del coche me son fieles. Inclusive la bola de cristal que tan bien me conoce no quiere seguir devolviéndome mi reflejo verdadero, aquél que tenía antes de conocer a Dorian. De pronto, ha sonado el teléfono.

T.R.

2 comentaris:

Concha ha dit...

muy bueno el post,me gusta ver preocupado a Ripley,aunque sea por su propia imagen.beset.

Lapsus calami ha dit...

Pobre Tom, debe ser terrible mirarte en un espejo y no reconcerte. Un bes.