dimarts, 27 de setembre de 2011

27/9/11


El hombre que pregunta vino acompañado. Y vino acompañado de aquél a quien recriminándole el derroche de su tabaco encendido en la tierra, me señaló una tienda. Yo no pedía tabaco. Se lo dije y no recordaba nada, absolutamente nada. Me preguntaron por el chico que mataron cerca del embarcadero. Y les conté que sí había alguien más, el jabalí. Se rieron. Yo me ofendí. Ellos callaron. Me preguntaron por el ciclista. Les hablé de la serpiente. Ya no se rieron.

Y no callé. Les hablé de mi visita a la Rue de l'Absinthe, donde vive el ciclista. Del chalet -suizo, dicen ellos- del doctor. De los cabellos que encontré en las ramas y de las tres letras pintadas en el banco. VSI, las conocían. Y de lo que pienso sobre los que se sientan en los bancos públicos a determinadas horas o en determinadas circunstancias, que les interesó menos hasta que, esa misma noche, les dije, ya tarde, cuando pensaba en regresar a mi tienda, llegó la muchacha vestida de negro del embarcadero. La viuda. ¿Henriette?, dijeron al mismo tiempo. Y qué hizo?.

Ya les dije, un beso perdido. Mientras estuvo sentada no se apoyó en el respaldo. Con el cuerpo hacia delante y las piernas cruzadas, miraba obsesivamente a derecha e izquierda, esperando, pero fuera de la realidad. Miraba con tanta continuidad a ambos lados que sólo alguien saliendo de las sombras de la noche podría haberla sorprendido. Luego, abrió su bolso. Y sacó papeles blancos que apilaba en el lado derecho del banco. De lejos parecía que sacara siempre el mismo sobre o cartulina, una y otra vez, como de un pozo sin fondo.

¿A quién esperas por un beso?, me preguntaba. ¿Quién puede atormentarte de tal forma? Volvió a meter los papeles en el bolso. Lo cerró y adoptó la actitud de quien acaba de llegar, y recién comienza a esperar. Pasaron dos muchachas en bicicleta, y se sobresaltó. Después otra. Esta última volvió sobre sus pasos, una vez dejó la bicicleta enganchada delante del retén de la policía en la plaza cercana.

Como en una escena bien ensayada, una pareja descendía, calle abajo en ese mismo momento. Ella, con un vestido ajustado de falda corta marcaba el paso de los dos. Pasaron junto a viuda sin mirarla, como si no existiera, y apenas superado el cruce volvieron por donde habían venido. La mujer aprovechó el regreso para ajustar su ropa interior mientras, ahora sí, dirigió sus ojos hacía ella. La misma puerta que les sirvió para entrar les ayudó a salir. No pasó mucho tiempo que la mujer de negro se levantó cansada. Primero se aproximó al semáforo. Apoyó su hombro derecho, como si esa posición hubiera sido la inicial de toda aquella larga espera. En ningún momento dejó de voltear su cabeza para evitar ser sorprendida. Se dejó llevar hacia el cruce que anteriormente sirvió para devolver a la pareja a su punto de origen. Ella lo cruzó, pero no volvió.

Dersú, debe ayudarnos a encontrarla, me dijeron. Hay un lugar que nos es tan extraño como un bosque encantado, un lugar donde ella acudió, tal vez, en busca de un amor furtivo. Y ahora corre un peligro auténtico. Qué nos dice?... Que no hay besos inocentes en los amores furtivos. Y nos fuimos hacia el lugar encantado.

D.U.

2 comentaris:

Concha ha dit...

misteriosa Henrriette,porqué besos furtivos,quié es su amante,qué le ha pasado,qué esoera ella...preguntas sin respuesta...por ahora.beset.

Lapsus calami ha dit...

Quién era su amante? Qué le obligó a hacer? De qué es cómplice? Lo ignoro. Alguien acabará diciéndonoslo. Un beso