dimecres, 31 d’agost de 2011

31/8/11


Llegué al club sofocado por el calor. Hasta el sonido de mis pasos aumentaba la calina de la tarde. Miré los ojos de la recepcionista buscando una complicidad que no encontré. Apenas un par de parroquianos jugaban, como alelados, en la ruleta de crupier programado. Cuando ella levantó la mano para avisarme, me encontré que la cinta plástica de la policía barraba mi paso. Fue entonces cuando le hablé.

Necesito revisar unas cosas que dejé en la taquilla… Es que van a realizar un registro y no quieren que nadie toque nada… Le prometo que sólo abriré mi taquilla… Bueno, la prohibición incluye su taquilla, señor, todas las taquillas, por lo que se ve esperan la orden de registro de los juzgados… ¿Lo que no entiendo es que no pusieran un agente para impedir el paso?... Van cortos de personal, me dijo el inspector… Y si algún socio, insiste, qué puede hacer usted?... Avisar al instante, me dijeron… Haremos una cosa, señorita. Baje usted conmigo y compruebe que dejo todo tal y como lo encontremos, ¿le parece?... No sé, señor. Es mucha responsabilidad para mí… Bueno, tal vez esto le sirva para compensarla… El billete de 50 euros alegró la comisura de sus labios delgados. Dígame, estaba usted el día que encontraron el cuerpo?... Oh, no. Era mi compañera… Ya lo sabía, pero era una forma de indicarle que aquel día yo no había pasado por allí. Bajamos, entonces?...

Al final del corredor lateral de la sala de billares están las taquillas. En el bolsillo derecho del pantalón, junto a las llaves, noté la navaja. Abrí la taquilla. Estaba preparado para sacar las ropas de Dickie al mismo tiempo que, disparando la hoja automática, la hundiría en el vientre ceñido por la cinturilla de su falda de tubo. Lo había calculado mentalmente todo. Pero en la taquilla sólo apreció la funda con los palos. Me quedé desconcertado. Hice como que… Sabe? Es que tengo partida el sábado a la tarde, y quería cerciorarme de que todo estaba en las mejores condiciones… Ya. Va a tardar mucho?... Un instante, se lo prometo. Limpié el taco con alcohol y una bayeta. Revisé la suela y la lijé. Le puse tiza. También limpié las bolas. Son manías de jugador, ya ve.

Cuando salí a la calle dejé de actuar. Me fui directo a Chez Vic. Necesitaba pensar y beber para pensar. Entré dentro del local y me senté en una mesa junto al mirador que da a la Rue de l'Absinthe. La calle estaba concurrida. Pedí hielo y una botella de Jackie. Derramar el whisky sobre los cubitos humeantes mientras el cric-crac los cristaliza, comenzó a tranquilizarme. En la acera de enfrente, un hombre joven, vestido de traje, restregaba obsesivamente el envés de su mano derecha sobre la pernera derecha de su pantalón a la altura de la ingle. Parecía como que intentaba quitar alguna mancha, espolsarse los pelos del gato, pero su insistencia llamó mi atención. En su mano izquierda sostenía una caja de cartón alargado, de unos 40 cm., blanca. Pensé, no sé bien la razón, que dentro podía llevar una flor. Me extrañó que ese movimiento repetitivo, y cada vez de mayor frecuencia, era totalmente independiente de su rostro. Miraba fijamente por encima de mi cabeza. Al piso superior de donde yo estaba. De pronto, lo comprendí. Se estaba masturbando. Miré en derredor y la gente lo ignoraba, o hacía como que lo ignoraba. Miré sus ojos y comprendí que el clímax se acercaba. Entonces acercó la caja hacia la ingle y con un rápido movimiento sacó el pene y lo introdujo en ella para eyacular. Aparté la vista avergonzado. Pagué. Salí del local. Ni rastro del hombre. Miré hacia el ventanal superior. Unos visillos ocultaban una sombra de mujer.

T.R.

2 comentaris:

Concha ha dit...

mas lío,quién es el hombre misterioso?tiene que ver con los crímenes o es un elemento más dentro del engranaje?...:-(

Lapsus calami ha dit...

A mí me ha dado la impresión que sólo lo veía él. Puede ser?