dimarts, 16 d’agost de 2011

16/8/11


Tuve miedo. Sí, y así se lo hice saber al hombre aquel que encontré en el río. O que me encontró a mí. Sé que fui un cobarde. Que la verdad no debe asustar a un cazador. Aunque la presa fuera débil y la lucha desigual. Aunque más que cobrar una pieza, aquello fuera un sacrificio en toda regla. Conozco algunas de estas ceremonias y me inquietan tanto, sufre tanto mi espíritu que no acabo de comprender qué dioses pueden desearlas. Sé que si ofendo al señor del bosque pagaré la osadía. O que si me río de gente tan importante como el agua o el fuego, después lloraré amargamente. Pero no acepto que sacrificando un pobre animal indefenso nadie compense ofensas cometidas.

No tengo ánimo para dejar que mis ojos reconstruyan con la avidez de la locura las crueles escenas que todo parece indicar sucedieron allí. Siempre recordaré el día en que uno de los cazadores que solía encontrar en los mercados de pieles, volvió a casa y advirtió que su mujer había desaparecido. Me despedí de él en el cruce cercano a su tienda. Y de pronto oí un grito desgarrador. Volví sobre mis pasos y corrí en su ayuda. Le encontré postrado, revisando su armamento. Le pregunté por la causa de su dolor. La historia que, pausadamente, contaron sus labios fue llenando mi mente de tinieblas, más espesas cuanto más despacio las contaba. Me dijo cuántos hombres habían perpetrado el abuso, de dónde venían, el sufrimiento de una mujer totalmente desposeída de su condición de persona. Y, lo que me dejó más atónito, el lugar exacto donde reposaban sus restos. Y me lo dijo sin mirar siquiera en aquella dirección.

Un tanto incrédulo ante tanta barbarie, decidí comprobar por mí mismo la confesión del amigo. Juro que no me dejé influir por su historia, pero el ultraje era punto por punto el que contó. Incluso omitió detalles íntimos que nunca comenté con él. Y aquella experiencia de violencia gratuita, de odio a uno mismo reflejado en otros, de desprecio abismal por la condición humana reducida a la peor enfermedad: la indiferencia por el otro, la ignorancia del lugar que todos ocupamos y que ha sido vulnerado hasta su desaparición, creó en mí la preocupación por evitar repetir la visión de aquellas huellas del hambre de mal.

Mi amigo llegó a la ciudad, ejecutó uno por uno a los autores de tal sacrificio. Lo apresaron. Nadie creyó la versión que dio. Descubrieron, entre miradas huidizas, los restos de aquella mujer. Pero no creyeron los datos que solo él y yo leímos sobre la arena. Y una mañana, en nada diferente a tantas otras en que el sol decidió seguir saliendo, fue colgado de la rama oscura del árbol principal de la ciudad.

D.U.

2 comentaris:

Concha ha dit...

ahoara también Dersu en medio de oyente espectador de la historia macabra,veamos...

Lapsus calami ha dit...

Dersú odia la maldad, la violencia gratuita, el odio. Odia odiar. Por eso pienso que no quiere saber nada del galpón del río.