dijous, 25 d’agost de 2011

25/8/11


Vuelve a sonar el teléfono. Lo hace varias veces a lo largo del día. Aún no he tenido oportunidad de hablar con libertad, ya que Heloise ha vuelto de su escapada de adolescente. Apenas un dígame, o un escueto si interrogativo, y rápidamente zanjo la cuestión con un se ha equivocado, señor, o señora, para que no crea que siempre es el mismo comunicante. Ella parece no escucharlo, por cierto, el teléfono. A veces dejo que suene una y otra vez esperando que alguien del servicio o la misma Heloise contesten, pero es inútil. Diría que saben que es para mí, que no va con ellos. De ahí, que muchas veces, lo dejo sonar hasta que quien quiera que sea cuelga y al rato vuelve a llamar.

La voz siempre dice lo mismo. Digamos que soy Greenleaf, Dickie Greenleaf. Esta tarde, al caer el sol, donde siempre. Tengo algo que le puede interesar. Pero nadie se presenta. Y yo decido, de entre los parroquianos, cuando llego al lugar, quién es este Greenleaf, este renacido Dickie Greenleaf. Nunca he dejado de acudir a la cita con mi desconocido de otro tiempo. Con este recuerdo sin rostro. Pero él nunca asiste abiertamente. Así que elijo, y lo elimino. Y al día siguiente, cuando intento deliberadamente olvidar esta cosa, vuelve a sonar el teléfono. Como esas melodías que quieres borrar de tu mente pero que canturreas una y otra vez.

Leo en el Miroir lo del cadáver desnudo de los billares, y no acabo de comprender quién pudo ser mi cómplice. ¿Será este dichoso Greenleaf del pasado? Si es así, no puedo sino agradecérselo. La jugada me parece maestra. Porque el articulista insiste en que el principal sospechoso es un hombre vestido con traje de chaqueta claro y panamá amarillo, que fue el último en salir con vida de la sala de billar, recepcionista dixit, claro. De mí no dicen ni palabra.

O sea, que el tío entró, abrió la oficina sin forzar la cerradura, lo desnudó, se puso sus ropas y salió con toda la naturalidad del mundo. Qué hizo entonces con las suyas, con sus ropas? ¿Se las dejó debajo? ¿Las escondió donde nadie las ha encontrado aún? Si abrió la puerta del cuarto sin forzarla, bien podría haber dejado la ropa en alguna de las taquillas de cualesquiera de los socios. Oh, dios mío!! Ahora caigo. Puede que las dejara en la mía, con la clara intención de incriminarme. Oh, Dickie, Dickie, has vuelto del pasado para… Heloise, cariño, salgo un momento, un asunto que creía olvidado me reclama. Un viejo amigo necesita verme… No te preocupes Tom, los buenos amigos no hay que olvidarlos nunca… Sí, eso parece…

T.R.

2 comentaris:

Concha ha dit...

Los asesinos no sólo tienen miedo,sino que están confusos como la misma policía...a ver quién es el más listo aquí,o el más ruín,no sé...no veo inteligente a la policía le falta,seguramente la maldad que le sobra a los otros.

Lapsus calami ha dit...

La maldad tiene un plus de reconocida inteligencia. La razón no sé cuál es. Pero ahí está. Piensa mal y acertarás.