dimecres, 3 d’agost de 2011

3/8/11



"-Un gin-tonic, por favor -pidió al barman.
Tom se preguntó si era aquélla la clase de tipo que mandarían tras él. Desde luego no tenía cara de policía, más bien parecía un hombre de negocios, bien vestido, bien alimentado, con las sienes plateadas y un cierto aire de inseguridad en torno a su persona" (Highsmith, P. A pleno sol -El talento de Ripley-)

Recuerdo perfectamente aquel día. El padre de Dickie se acercó a mí. Yo estaba, como este mediodía, de pie, bebiendo, apoyado en la barra de un café, y temiéndome lo peor. Hoy era una cerveza y nadie se acercó, pero tuve el mismo presentimiento, alguien volverá a hacerlo, y no me gustan los presentimientos de este tipo. Aquel tipo del pernod, con su pipa y el cuaderno de notas hubiera dicho que era un policía, pero me recordaba demasiado al padre de Dickie, y los recuerdos suelen debilitar nuestra capacidad de observación y juicio. Los que se sentaban a su lado me parecieron invertidos, pero tampoco lo podría asegurar, algo en ellos difícil de precisar, no sé, la forma de sentarse, de apoyar los pies sobre la base de la mesa, algo, se resistía a esta valoración. Estoy perdiendo facultades, y los hechos se anticipan a mis acciones cada vez de forma más peligrosa. Así que, cuando la extraña pareja salió de Chez Vic, los seguí. Fueron directos al Mercado, al Marché du Cabane, y compraron pescado y marisco, lo típico en esta zona de París. El más alto, el de las gafas y el codo izquierdo vendado, llevaba la voz cantante. Llamó mi atención la clara línea de separación entre el bronceado intenso de medio brazo respecto a la otra mitad. Como si se dedicara a trabajos de exterior, a pleno sol. El otro, tan diferente. Perfectamente compuesto. Es el que menos desearía me dirigiera la palabra. Y cuando empezaba a pensar que todo esto no eran sino aprensiones mías, vacilantes bajo el luminoso sol del mercado, apareció por la esquina hacia la que me dirigía el padre de Dickie, bueno, aquel viejo policía de la pipa que me lo recordaba. Se plantó delante de mi, y en un inglés penoso comenzó a decirme que gracias a nosotros el mundo cambiaría alguna vez. O algo por el estilo. No quise aclararle que mi francés es bastante bueno para que la conversación no se alargase demasiado. Añadió algo acerca del hambre que no acabé de entender, y de la inocencia con que bebemos y vivimos. Me dio la sensación que sus ojos se humedecían levemente, pero con las personas mayores nunca se sabe. Y bien podía ser el efecto de los tres pernods que conté sobre su mesa. No tardó en separarse de mí. Me estrechó la mano de forma demasiado efusiva para un parisino. Tal vez nació en otro lugar. Y cuando creía que el episodio había finalizado, oí su voz a mi espalda despidiéndose nuevamente, y al girarme para corresponderle vi sus ojos clavados en el escudo del club de Dickie que alguien bordó sobre el bolsillo trasero del pantalón. Acabó su saludo de forma inconsciente, el rictus de su rostro era la placa de un policía, y giró alejándose lentamente con la cabeza hacia el suelo y golpeando su pipa contra el cuaderno de notas que aún conservaba en su mano izquierda. Lo abrió y anotó algo. Volvió a mirarme por encima del hombro y yo le sonreí alejándome sin prisas. Sabía que hoy el pasado, el terco pasado volvería a acercarse a mí, tuve el presentimiento.

T.R.

2 comentaris:

Concha ha dit...

Este personaje es tan complejo,tan rico en matices sigues su trayectoria sin cansarte,es misterioso,seguro ,maquiavélico,tambien tierno...extraño,me encanta y también el post.Enhorabuena.

Lapsus calami ha dit...

Lo peor es que desees que escape al peso de la ley. Puede que todos llevemos un Verdoux o un Ripley en los entresijos. Bueno, menos Dersú.