dijous, 18 d’agost de 2011

18/8/11


Esta hora en que una frontera incierta separa la radiante calidez de la luz de la tarde del bochorno oscuro de la noche, siempre me ha parecido de naturaleza distante y fría. Es la hora de los asesinatos rabiosos, abruptos, aquellos que nadie necesita planear. Es la hora de las ejecuciones sumarias. El segundo Greenleaf al que me enfrentaba me había citado por segunda vez en el mismo café. Como tampoco se presentó, decidí que aquel hombre del panamá amarillo era quien me esperaba.

Le seguí. O bien hice que me siguiera. Se dirigió o me dirigí al Club de Billar. El club está ubicado en la trastienda de un local de tragaperras y juego electrónico. Un lugar sórdido. Un pasillo flanqueado por las máquinas donde las monedas entran para no salir y con una solitaria ruleta electrónica al fondo como último paso antes de los excusados y de la escalera de madera que desciende a los billares.

El olor a moqueta enmohecida se mezcla con el de los paños gastados de las mesas de billar francés, la tiza de los tacos y las miradas obscenas de los sarasas. El sótano tiene distribuidos a lo largo de las paredes los tacos envejecidos de los socios que o bien apenas juegan o nunca más jugarán, pero que quedan allí como trofeos privados de una partida que nunca serán capaces de ganar. Fui a las taquillas y saqué la bolsa con mi juego de palos y las bolas. Pedí por el interfono la mesa 4. Y comencé a jugar.

Siempre me pareció que el billar francés es una visión profunda del universo. Un triángulo que resume los ejes del destino, la carambola de los azares. El hombre del panamá bajó por la escalera, pesado, haciendo sonar las tablas de los escalones. Pasó a la zona pública, la que no está reservada para los socios. Y comenzó a jugar, contoneándose, en la mesa del pool, ese pasatiempo de simples.

No lo pensé dos veces. Separé las dos partes del taco y me dirigí hacia él. Con la lanza delantera disimulada a lo largo del brazo hice como que buscaba algo en la taquilla. En el mismo momento que, agachado sobre la mesa, me ofrecía su trasero e intentaba apuntar a la bola del fondo izquierda de la mesa, le clavé la lanza en la testuz. Cayó pesadamente al suelo sin dejar marcas de sangre en la mesa. De hecho, apenas sangró. Quité el palo de su cuello y con el pañuelo que lucía en el bolsillo exterior de su americana vendé la herida que comenzaba a sangrar.

Me dirigí al pequeño cuarto que la junta directiva utiliza como oficina y de la que sólo ellos tienen llaves. Abrí la puerta sin forzar la cerradura. Metí el cadáver y quité el pañuelo. Cerré nuevamente la puerta con mi juego de galgas. Limpié la puerta. Revisé el suelo y no vi rastros de sangre. Dejé el taco del hombre del panamá bien apoyado sobre una silla, como si alguien le hubiera llamado y él lo dejara por un momento. Encima de la mesa sería de menor utilidad. Guardé mis tacos en la taquilla, menos la lanza ensangrentada que escondí en la manga de mi brazo izquierdo. Metí su pañuelo en el bolsillo y salí del club en dirección a casa.

T.R.

2 comentaris:

Concha ha dit...

más lío el tom sigue "comportandose"qué sale de todo esto?...

Lapsus calami ha dit...

Típico en él, matar antes de preguntar. Veremos a quien se ha cargado.