dimecres, 31 d’agost de 2011

31/8/11


Llegué al club sofocado por el calor. Hasta el sonido de mis pasos aumentaba la calina de la tarde. Miré los ojos de la recepcionista buscando una complicidad que no encontré. Apenas un par de parroquianos jugaban, como alelados, en la ruleta de crupier programado. Cuando ella levantó la mano para avisarme, me encontré que la cinta plástica de la policía barraba mi paso. Fue entonces cuando le hablé.

Necesito revisar unas cosas que dejé en la taquilla… Es que van a realizar un registro y no quieren que nadie toque nada… Le prometo que sólo abriré mi taquilla… Bueno, la prohibición incluye su taquilla, señor, todas las taquillas, por lo que se ve esperan la orden de registro de los juzgados… ¿Lo que no entiendo es que no pusieran un agente para impedir el paso?... Van cortos de personal, me dijo el inspector… Y si algún socio, insiste, qué puede hacer usted?... Avisar al instante, me dijeron… Haremos una cosa, señorita. Baje usted conmigo y compruebe que dejo todo tal y como lo encontremos, ¿le parece?... No sé, señor. Es mucha responsabilidad para mí… Bueno, tal vez esto le sirva para compensarla… El billete de 50 euros alegró la comisura de sus labios delgados. Dígame, estaba usted el día que encontraron el cuerpo?... Oh, no. Era mi compañera… Ya lo sabía, pero era una forma de indicarle que aquel día yo no había pasado por allí. Bajamos, entonces?...

Al final del corredor lateral de la sala de billares están las taquillas. En el bolsillo derecho del pantalón, junto a las llaves, noté la navaja. Abrí la taquilla. Estaba preparado para sacar las ropas de Dickie al mismo tiempo que, disparando la hoja automática, la hundiría en el vientre ceñido por la cinturilla de su falda de tubo. Lo había calculado mentalmente todo. Pero en la taquilla sólo apreció la funda con los palos. Me quedé desconcertado. Hice como que… Sabe? Es que tengo partida el sábado a la tarde, y quería cerciorarme de que todo estaba en las mejores condiciones… Ya. Va a tardar mucho?... Un instante, se lo prometo. Limpié el taco con alcohol y una bayeta. Revisé la suela y la lijé. Le puse tiza. También limpié las bolas. Son manías de jugador, ya ve.

Cuando salí a la calle dejé de actuar. Me fui directo a Chez Vic. Necesitaba pensar y beber para pensar. Entré dentro del local y me senté en una mesa junto al mirador que da a la Rue de l'Absinthe. La calle estaba concurrida. Pedí hielo y una botella de Jackie. Derramar el whisky sobre los cubitos humeantes mientras el cric-crac los cristaliza, comenzó a tranquilizarme. En la acera de enfrente, un hombre joven, vestido de traje, restregaba obsesivamente el envés de su mano derecha sobre la pernera derecha de su pantalón a la altura de la ingle. Parecía como que intentaba quitar alguna mancha, espolsarse los pelos del gato, pero su insistencia llamó mi atención. En su mano izquierda sostenía una caja de cartón alargado, de unos 40 cm., blanca. Pensé, no sé bien la razón, que dentro podía llevar una flor. Me extrañó que ese movimiento repetitivo, y cada vez de mayor frecuencia, era totalmente independiente de su rostro. Miraba fijamente por encima de mi cabeza. Al piso superior de donde yo estaba. De pronto, lo comprendí. Se estaba masturbando. Miré en derredor y la gente lo ignoraba, o hacía como que lo ignoraba. Miré sus ojos y comprendí que el clímax se acercaba. Entonces acercó la caja hacia la ingle y con un rápido movimiento sacó el pene y lo introdujo en ella para eyacular. Aparté la vista avergonzado. Pagué. Salí del local. Ni rastro del hombre. Miré hacia el ventanal superior. Unos visillos ocultaban una sombra de mujer.

T.R.

dimarts, 30 d’agost de 2011

30/8/11


Fa uns dies que tinc la impressió d'estar tancant finestres, posant llençols als mobles i cobrint tot allò que la pols dels dies pot soterrar a l'oblit. M'agradaria, si més no, aclarir el cas de la xica del riu. Del Verdoux i la dona del pis, tot i les coincidències amb el de la noia, no sé què pensar. Crec que la investigació s'allargarà i que el Clouseau cremarà en ella el poc prestigi que li queda. D'això que he tornat al cobert del riu.

Aquest barracó de fusta ja té els seus anys. Els senyals de podrit són per tot arreu. L'hem escorcollat en profunditat. Detall per detall. Centímetre a centímetre. Però alguna cosa em diu que ens hem deixat traspaperat entre les contingències el més important. La nau és allargada. Té un finestral ampli en un dels dos cantons més curts. I dues finestres a cadascun dels laterals allargats. La porta és al cantó enfrontat del finestral. A la teulada s'obren un parell de lluernes que donen una bona il·luminació natural a l'estança. Només entrar et trobes al costat dret una amplia cabina de fusta i vidre, l'oficina. I a la banda esquerra un petit cau, l'excusat, amb lavabo i vàter.

Aquest magatzem taller, avui en dia desballestat, feia funcions de manteniment i reparació de petites embarcacions fluvials d'esplai, i l'empresa tenia baix la seua responsabilitat el bon estat dels petits molls de pilons o pantalans que al llarg del riu fan servir els navegants ocasionals. Però amb l'expansió dels materials plàstics, la fibra de vidre i d'altres, a la fabricació d'embarcacions, el taller va venir a menys i acabà tancant. Gairebé era una petita drassana, però avui només és un lloc perdut i polsegós a la ribera del riu.

Ho hem regirat tot una i altra volta. Els nois de la científica estaven molt interessats en aclarir el cas. Sempre que les víctimes són xiquets o dones joves posen tot el seu ofici, però res. No varen trobar res significatiu. Com deia el seu cap, algú s'ha pres massa molèsties en no deixar-hi cap rastre aclaridor dels fets.

Sembla que la noia va ser retinguda varies hores abans del sacrifici final. I que era lligada de mans i peus. Als canells i als turmells li quedaren marques. N'hi han rastres de la seua sang i de pèls, com si hagués estat asseguda a terra, amb alguna ferida, però prou lluny del lloc on va aparèixer estès el seu cos. Les mans lligades al darrere, el que li hagués produït aquelles esgarrinxades a la par posterior de les aixelles. No era emmordassada, no feia falta, era muda. I no ens va poder deixar ningun senyal, ningun avís. O no l'hem sabut trobar.

¿Sabia o s'imaginava qual seria el seu final? ¿Tenia alguna relació amb els seus assassins? Què poc sabem d'aquesta xica. Ningú, als àmbits i llocs freqüentats pels sordmuts la troba a faltar. Ninguna denúncia de desaparicions de noies quadra amb la seua descripció. No portava, o no li deixaren, la seua documentació. Només el sobre amb la recepta i les fotos. I una llegenda tatuada damunt del borrissol del pubis: Els llavis de Caront. ¿On és, on ha quedat el teu òbol?.

J.M.

dilluns, 29 d’agost de 2011

29/8/11


Definitivamente empiezo a comprender. O eso creo. Hace una tarde asfixiante. El cielo tiene el gris azulado de las cosas impuestas. No hay opción que valga. Cae sobre nosotros y mejor dejarlo estar. Larsen siguió al tipo equivocado al sitio equivocado. Pongamos que siguió al tal Tom. Y pongamos, también, que Dorian no hace otra cosa sino seguir a su vez a ese Tom que él mismo dice ser. Pongamos que los vio entrar en los billares. Y que pasado un tiempo vio salir a Tom.

Decidió, entonces, entrar al local. Se despistó entre las tragaperras, hasta que en un descuido de la recepcionista bajó donde las mesas de billar. Nadie quedaba allí. Y le extrañó. Porque el hombre del panamá -Larsen, supongo- no había salido aún. Vio el taco apoyado en la silla y las bolas sobre la mesa de pool. Pensó en los aseos de la planta superior. Puede que coincidieran en el tiempo su entrada al local y la del supuesto Larsen a los lavabos. Pero ahora no podía subir a comprobarlo y que alguien fijara la atención sobre él. Vio la puerta del fondo, junto a las taquillas. La oficina. Cerrada. Dio unos golpes en la puerta, sin saber el porqué. Nadie contestó. Abrió con inesperada habilidad la cerradura, y entró. El resto, si creo lo que contó Dorian, encaja. ¿Y las fotos? ¿Por qué y quién hace fotos a un cadáver desnudo, que más parece un buey sacrificado, y cómo llegaron a las manos de Dorian?

Sigamos poniendo. Pongamos que Dorian decide suplantar al hombre del panamá. Jugada maestra. Si el cadáver sale andando, cuándo entró el cadáver que allí queda?. Pongamos que Dorian se desnuda y se viste con las ropas del hombre sacrificado. Bien, el individuo del panamá amarillo vuelve a la vida. Dorian descubre, en alguno de los bolsillos, los efectos personales con la cédula de identificación. Ya sabe quién es, o eso cree, aquel cuerpo derrumbado.

Y junto a estos documentos, encuentra también los clichés mostrando el cuerpo... No, imposible. No son fotos polaroid que el tal Tom -supongo, el asesino- pudiera dejar en el acto como morboso reportaje del espectáculo. Además, una cámara polaroid no pasa desapercibida. Las fotos deben haberse hecho con una cámara pequeña, pero de las que apenas ya nadie usa. De las analógicas. Y alguien tuvo que revelar el carrete y entregar los clichés a Dorian. Sólo puede ser ese tal Tom. Quién, si no?... Qué sé realmente de Dorian?... Definitivamente, no acabo de comprender. Miro quedamente el escritorio. Está repleto de cosas inútiles, agradables, tan necesarias. Enciendo un cigarrillo. Intento reordenar mi mente. Alguien llama a la puerta. Quién podrá ser a estas horas?... Larsen!!! Tú?... Quién, si no, doctor? Ya le advertí...

D.G.

diumenge, 28 d’agost de 2011

28/8/11


Al capdavall, Grenoble ha estat la meua destinació. He pensat, que en el pitjor dels casos, la proximitat cap al sud de Marsella és una basa a tindre molt en compte. Fugir pel nord, pel canal de la mànega, em fa poca gràcia, els anglesos són tan insulars. Dit i fet. A més a més, travessar els Alps cap a l'est, tot i els inconvenients, també pot arribar a ser bona escapatòria.

Grenoble, al bell mig dels Alps, entre el massís de Vercors, el de Belledonne i el de Chartreuse, és, malgrat els jocs olímpics d'hivern del 68 i el seu reconegut velòdrom, una ciutat prou pobletana. Bé, no és Saint-Moritz. El que em ve com anell al dit per als meus afers. He llogat una habitació a l'Hotel Angleterre, a la plaça Víctor Hugo, no molt lluny de l'estació de tren per on he arribat.  Feta una primera estimació de l'entorn, i abans de pujar a la habitació, he demanat pels locals d'oci més pròxims, però d'aquells on un senyor de la meua edat i condició pogués fer unes passes de ball amb orquestra en directe, i conversa a mitja veu. La recepcionista, tot i reprimir la rialla, em deixa ben clar que d'aquestes coses no n'hi han a Grenoble, al menys que ella sàpia, però que estic de sort, perquè a l'hotel, al nostre hotel, la vetusta associació Centre d'Alpinisme de Grenoble organitza al Saló Galibier, el principal, tots els darrers diumenges del mes -avui mateixa- un sopar de germanor seguit de ball amb orquestra en directe. I que el col·lectiu de vídues d'alpinistes -que pel que sembla és  prou nombrós per aquestes contrades- i que són el alma mater de la festa, inviten a tots aquells als que els agraden els balls de saló. Li he agraït la seua informació, però no les tenia totes en mi, mentre pujava cap a l'habitació, sobre el ramat de vídues que m'esperava aquesta nit. Tot i això, cap a les deu de la nit m'he deixat caure pel ball de les vídues alpinistes.

La primera impressió ha estat desoladora. Al final de la sala, una foto descomunal del que suposo és el cim del Galibier, feia de teló de fons a l'orquestra -n'hi han d'eufemismes salvatges i malparits- baix elèctric, teclat elèctric, bateria i una mena de clarinet també elèctric que igual feia de violí, de saxo o del que fos, i que anava ja pel Danubi blau. I al bell mig de la sala no ballava sinó l'absència que brillava per la seua presència. Absència i Presència eren els ballarins solistes de la nit. Oh, déu meu!, on t'has ficat Henri?, he pensat. A les dos taules allargades que flanquejaven la pista central on la parella solista feia les seues absències, dues fileres de dones escarxofades intercalaven, de tant en tant, un petit alpinista amb el borrissol facial més evident que el d'elles. Algunes, però, en veure'm, han provat d'enciriar-se als seus seients, ficar panxa i traure pitrera com a reclam de no se sap ben bé quin pardal. He tirat pel dret. Acostant-me cap a la filada dreta, i sense deixar de mirar l'escanyolida orquestra, he comentat com sorprès: m'havien dit que el ball era ací… I no s'equivoca, monsieur. Però alguns dels nostres membres masculins estan d'escalada, com sempre… Ah!.. Al capdavall, Grenoble, potser no serà tan mala destinació. Mademoiselle, vol ballar el següent vals?... I tant, monsieur, però mademoiselle potser és un poc agosarat per a una vídua com jo… Què diu, no és possible, ho sent, madame, tan jove, qui ho hagués dit?... I els petits alpinistes han estat arrossegats a la pista com si foren joguets d'un allau de pentinats i vestits mensualment rejovenits.

H.V.

dissabte, 27 d’agost de 2011

27/8/11


Primero la muchacha vino hacia mí. La lona de la tienda rezumaba la humedad del río. Las gotas, suspendidas aún en la trama del tejido, iban poco a poco juntándose en pequeños regueros. Y me recordaron la primera vez que vi el mercurio. Una plata viva y asombrosa, que caía diseminada en el cristal para iniciar un apresurado viaje de vuelta.

La muchacha era hermosa, pero no puedo recordar el rostro no visto. Quiso hablarme. Espera, le dije una y otra vez. Aún no veo las huellas de quien nos ronda. Espera, ponte a salvo... El tiempo se acaba. Nadie conoce sus nombres… Sus pies desnudos sobre la hierba húmeda y oscura eran más blancos que la nieve. Tuve miedo cuando habló. Cogerás frío de la mañana y a la noche el calor helado arderá en ti… Qué importa…

Se sentó sobre unas tablas abandonadas de la orilla. Buscó en los bolsillos de su falda. Sacó un sobre y lo dejó a un lado. Después con una especie de tiza comenzó a pintar sus labios de un rojo anaranjado, como su cabello. Sólo llegué a ver esos labios. Era todo tan íntimo que desvié la mirada. Cruzó las piernas, y se quedó mirando el río de espaldas a mí. Comprendí mi error y fui hacia ella. Pero tanto y como avanzaba en su pos, ella se alejaba. Como aquel tubo del capitán, por un lado acercaba el horizonte; por el otro, lo distanciaba aún más. Eh, eh!, grité. No te vayas!.

Yo también me senté sobre la hierba. El río dejó de fluir. Cogí un poco de hierba mojada por le rocío y la apreté, entonces comenzó a llover. Qué ciudad es esta donde la lluvia cae sin querer?, pensé. Dejó la blusa tendida entre los juncos. La falda, colgada de las ramas. No había deseo en sus movimientos. Los finos guantes que antes no vi, fueron a parar junto al sobre. Se diseminaba como las gotas de la plata viva y la lluvia que nos envolvía.

Cuanto más tienes, pensé, sientes que nada es tuyo. Y quieres mucho más, esperando creer que no estás tan sólo como el primer día. Eso me dio a entender observar a la muchacha que ahora se había tendido sobre el suelo bajo el aguacero.

Confusamente intenté ponerme a cubierto. La muchacha se alejaba, recuperadas ya sus pertenencias. Otra vez junta toda su plata. El río volvió a contar las horas. Siempre me entristece ver caer la lluvia sobre el agua. Volví a mi tienda, y entonces recordé la voz de aquella muchacha muda.

D.U.

divendres, 26 d’agost de 2011

26/8/11


Passejar París sembla serà a partir d'ara la meua ocupació principal, present i futura. Només acabar de parlar amb l'home vell i savi del riu, el Dersú, vaig anar al 36 del Quai des Orfèvres, a la policia judicial. Vaig demanar pel Maigret, però no estava.

Què li preocupa, monsieur, -em va dir l'agent. És sobre el cas dels billars, tinc una informació que els hi pot ser útil… Doncs faça un informe, i ja el tramitarem… Millor parlar amb l'inspector que porte el cas. Diga'l que sóc aquí… Bé, l'inspector Clouseau no rep visites sense cita prèvia… Què diu? Què bestiesa és aquesta?... Només faig que complir ordres… I els criminals, també ho fan el desgavell amb cita prèvia?… Si es una queixa el que vol tramitar, als prestatges del passadís en té de fulls… Perdó, agent, em diuen Dupin, Chevalier Auguste Dupin, i no només he col·laborat molt sovint amb la policia judicial, amb el comissari Maigret, sinó que he resolt nombrosos casos que se'ls hi resistien a vostès mateixos. ¿Ha sentit parlar dels assassinats del carrer Morgue?. Agent, faça el favor d'anunciar-me al sub-comissari Clouseau… Ho sent moltíssim, monsieur, perdó, chevalier Dupin, però el protocol és el protocol, i les ordres i regles estan per a ser respectades… Però com es pot demorar una informació, la importància de la qual pot ser transcendental per a la resolució d'un cas d'assassinat?... Mire, ací té la circular interna que ens passà l'inspector Clouseau… Qualsevol informant que demane col·laborar amb la policia judicial, tindrà l'obligació de fer constar per escrit (instància, model PJ101) les dades fonamentals de dita informació. Una volta contrastada la susdita informació, podrà ser citat per aquest cos policial o bé es desestimarà la seua col·laboració. En París, a 25 d'agost de 2011. El que comunique per al seu coneixement i obligat compliment. Signat, comissari en funcions de la policia judicial, inspector Clouseau. Però aquest cretí es creu el rei de França… Monsieur, si us plau, faré com que no l'he sentit, o tindré que detenir-lo per ofensa a l'autoritat…

L'ofensa va molt més enllà de l'autoritat i de la meua persona -em dic a mi mateix, mentre l'agent fa com que té coses a fer, avergonyit com és. És la conxorxa dels necis, la revenja dels mediocres. Dels que mai no seran res al seu ofici, i s'investeixen d'importància aprofitant la distància que els procura l'autoritat guanyada a colp de llepades al cul dels seus superiors.

Només faltaria que em digués, agent -li dic reprenent el dialeg- que demà mateixa l'arquebisbe de París passarà a fer-les una visita i a beneir els nous locals de la policia judicial de la cantonada… Com ho sap això? Caram, si que en té vostè dots d'observació… No fa quatre dies li hagués detallat fil per randa les petites observacions que m'han dut a conclusió tan encertada, pel que veig; però a dia d'avui, i desprès de conèixer un home vell i savi que viu vora el riu, només puc dir-li que és una casualitat, una de tantes casualitats que es donen en la vida i que ningú sap ben bé el que ens volen dir a crits oberts i dessolats.

A.D.

dijous, 25 d’agost de 2011

25/8/11


Vuelve a sonar el teléfono. Lo hace varias veces a lo largo del día. Aún no he tenido oportunidad de hablar con libertad, ya que Heloise ha vuelto de su escapada de adolescente. Apenas un dígame, o un escueto si interrogativo, y rápidamente zanjo la cuestión con un se ha equivocado, señor, o señora, para que no crea que siempre es el mismo comunicante. Ella parece no escucharlo, por cierto, el teléfono. A veces dejo que suene una y otra vez esperando que alguien del servicio o la misma Heloise contesten, pero es inútil. Diría que saben que es para mí, que no va con ellos. De ahí, que muchas veces, lo dejo sonar hasta que quien quiera que sea cuelga y al rato vuelve a llamar.

La voz siempre dice lo mismo. Digamos que soy Greenleaf, Dickie Greenleaf. Esta tarde, al caer el sol, donde siempre. Tengo algo que le puede interesar. Pero nadie se presenta. Y yo decido, de entre los parroquianos, cuando llego al lugar, quién es este Greenleaf, este renacido Dickie Greenleaf. Nunca he dejado de acudir a la cita con mi desconocido de otro tiempo. Con este recuerdo sin rostro. Pero él nunca asiste abiertamente. Así que elijo, y lo elimino. Y al día siguiente, cuando intento deliberadamente olvidar esta cosa, vuelve a sonar el teléfono. Como esas melodías que quieres borrar de tu mente pero que canturreas una y otra vez.

Leo en el Miroir lo del cadáver desnudo de los billares, y no acabo de comprender quién pudo ser mi cómplice. ¿Será este dichoso Greenleaf del pasado? Si es así, no puedo sino agradecérselo. La jugada me parece maestra. Porque el articulista insiste en que el principal sospechoso es un hombre vestido con traje de chaqueta claro y panamá amarillo, que fue el último en salir con vida de la sala de billar, recepcionista dixit, claro. De mí no dicen ni palabra.

O sea, que el tío entró, abrió la oficina sin forzar la cerradura, lo desnudó, se puso sus ropas y salió con toda la naturalidad del mundo. Qué hizo entonces con las suyas, con sus ropas? ¿Se las dejó debajo? ¿Las escondió donde nadie las ha encontrado aún? Si abrió la puerta del cuarto sin forzarla, bien podría haber dejado la ropa en alguna de las taquillas de cualesquiera de los socios. Oh, dios mío!! Ahora caigo. Puede que las dejara en la mía, con la clara intención de incriminarme. Oh, Dickie, Dickie, has vuelto del pasado para… Heloise, cariño, salgo un momento, un asunto que creía olvidado me reclama. Un viejo amigo necesita verme… No te preocupes Tom, los buenos amigos no hay que olvidarlos nunca… Sí, eso parece…

T.R.

dimecres, 24 d’agost de 2011

24/8/11


Cuando empiezas a creer que los días se suceden sin alteraciones, repitiéndose los unos a los otros como bostezos. Y que esta especie de bucle ominoso se eterniza en las tardes más largas jamás vividas. Cuando parecía claro que los últimos hechos no habían podido encontrar un camino hacia ti, y que todo quedaba al margen de esta casa, de tu pequeño y oscuro mundo. Que a pesar de los pesares, es más que posible se encuentre algún estúpido asesino entre nosotros. Que, en fin, una vez más hemos sabido esconder los pecados mostrando toda su fuerza como acontecimientos. Entonces, se presenta alguien que hasta ahora creías conocer, aunque sólo fuera en parte. Y te cuenta lo que hay a la otra parte del espejo.

Dorian vino a verme. Comenzó otra vez con la historia de que es un tal Tom. Hasta ahí, nada nuevo. Ya no me molesto en tratar de razonarle. Sencillamente le sigo el juego. Pero me cuenta que comienzan a preocuparle o más bien a agobiarle los trabajos que Dorian realiza para evitar que Tom se meta en líos. Y empiezo a perderme.

Qué quieres decir, Tom? ¿Conoces al tal Dorian?-le digo. Desde luego, doctor. Cómo si no iba a saber lo que pasó en los billares. Fue él quien desnudó el cadáver del hombre del panamá amarillo y salió con sus ropas puestas, comprende? -me espetó. A ver Dorian… Tom, doctor, Tom… Bien, Tom. He seguido el caso de los billares por la prensa. En el Miroir de l'Absinthe dicen que el hombre del panamá amarillo salió por su propio pie… Eso creen todos, pero fue Dorian el que, sabedor del peligro que Tom corría dejando el cuerpo con las ropas y los documentos, entró al local de juego y en un despiste de la recepcionista bajó a los billares. Abrió la oficina con el juego de llaves maestras y se puso la ropa del muerto. Aunque aquel hombre era más corpulento, dobló los camales del pantalón hacia dentro. La camisa pasa desapercibida. Y salió con la chaqueta plegada en el brazo izquierdo y volteando el panamá entre las manos.

Bueno, Dori.., perdón, Tom, veo que no es mala teoría la tuya. Tal vez ayudaría al inspector Clouseau, que por lo que me cuentan mis amigos de prefectura no parece tener muchos recursos. Pero, claro, lo primero que te preguntarían, incluso Clouseau lo haría, es cómo demonios se puede enterar Dorian de todo lo que hace Tom? Y sobre todo, qué necesidad tiene ese Tom de matar a nadie, y menos a un señor tocado con un panamá amarillo que lo único que pretende es jugar un rato al billar… Ah, muy fácil. Dorian y Tom no tienen secretos el uno con el otro. Son reflejos mutuos. Como el retrato que nadie quiere hacerle a Dorian y que reflejaría a su vez las huellas de sus actos. ¿Me sigue? Lo del hombre del panamá no deja de ser una apuesta en la ruleta. Tom pensó que venía directamente de su pasado, y decidió eliminar ese recuerdo. Dorian lo único que hizo fue evitar que esos hechos acaben reflejando la imagen de Tom… Bueno, tal vez tengas razón. Pero dime, el tal Dorian entró desnudo al local?... Caramba doctor, hoy le veo un poco espeso. Su ropa la ocultó en la taquilla que Tom tiene en el club. Es socio. Por cierto, me dijo que le enseñara esto… Quién?... Dorian, quién si no…

Y sacó del bolsillo una funda de plástico donde guardaba cuidadosamente unos papeles. Una cédula de identificación y unos clichés de los antiguos. Comprobé, al trasluz de la tarde que caía, el cuerpo abultado y desnudo de un hombre sin rostro. De un sacrificio abrumado por los contrastes hirientes del negativo. Otro reflejo de una realidad que venía a través del tiempo para instalarse en mi casa. Una realidad temida que la cédula confirmó. Lo que aquel cuerpo negro de un blanco me hizo sospechar desde el principio. Era la cédula que Larsen utiliza para ocultar su verdadera identidad.

D.G.

dimarts, 23 d’agost de 2011

23/8/11


El cas dels billars sembla força interessant. Clouseau, que és un perfecte inútil, no sap per on tirar. Quina vergonya per al departament. On s'ha vist un policia més preocupat pel plus de productivitat, és a dir, estalviar en despeses de tot tipus, des de les bosses de plàstic per a les proves fins als tòners i el paper de la fotocopiadora, que en agafar lladres i assassins. Quin fàstic. En quin món vivim si el major èxit de la policia consisteix en no entrar en números rojos.

Tinc que admetre un punt de misteri en aquest cas d'assassinat. Segons la recepcionista del local de joc de la planta superior, cap a mitja tarda del divuit un dels socis del club de billar instal·lat al soterrani va entrar i demanà la taula quatre. Tot seguit va entrar un home amb un panamà groc a jugar a les taules públiques. No havia passat encara una bona estona que el soci va sortir del local. Com que l'escala que porta fins als billars és al final de la sala de joc, la xica no pot afirmar que algú dels parroquians de les escurabutxaques no baixés. L'únic que pot assegurar és que quan no hauria passat gairebé una hora des de que el soci va marxar, va sortir dels billars l'home del panamà groc. Per tant, aquesta noia no podia identificar a l'home que havia aparegut al despatx de la direcció dels billars.

Les hipòtesis inicials són dos. O bé el cadàver ja hi era abans de que el soci i el del panamà entraren als billars, la qual cosa no encaixa totalment amb les dades del forense que fixa l'hora de l'òbit coincident a l'estada dels billaristes; o bé l'últim en sortir en vida dels billars va ser el del panamà groc, la qual cosa el senyala com a presumpte autor dels fets. El que ningú sap és d'on va eixir el corpus delicti, l'occís, el mort. És a dir, en què moment de la tarda baixà per l'escala camí a l'escorxador, mai millor dit si veiem la ferida mortal al bescoll, com si algú l'hagués rematat.

La resta de detalls de l'informe em semblen de poc interès, que si "el tac de l'interfecte era recolzat amb molt de compte sobre la cadira i sense senyals de violència", que "no s'han trobat empremtes al pany de l'oficina"… Però ningú no diu res, per exemple, dels rellotges de les taules de billar. Quan de temps varen estar jugant cadascú? I és una dada força important que a hores d'ara resulta impossible recuperar. I tampoc sembla que el soci haja estat identificat i interrogat. Aquest Clouseau i el seu equip són uns ineptes. Existeix la possibilitat que a aquest tio se'l carregaren entre dos, el soci i el del panamà, per exemple, però la xica no va dir que ningú d'ells sortís amb algun paquet on, suposadament, pogués portar la roba. El que ens retorna a la situació inicial d'un assassí per a un assassinat.

Maigret, et sents millor ficant-te on no et demanen? Vinga, digues. Et creus millor policia criticant el que fa el teu proper substitut, en lloc de reconèixer que potser l'has espifiada amb el tal Verdoux? Regirant el pis de l'última dona assassinada, vàreu trobar aquella targeta H. Verdoux, Agent d'inversions. No sé quin paper pot representar aquest H., però la dona morta el va fer seguir, i gràcies a l'informe del detectiu -encara no he parlat en ell- que conservava al calaix tancat en clau vàreu esbrinar l'adreça d'un magatzem que per la seua aparença exterior mai no hagués pensat que és el cau d'un agent inversor. Tenia posades moltes esperances en aquesta troballa, però ara no sé què pensar.

J.M.

dilluns, 22 d’agost de 2011

22/8/11


Por fin pude plantar mi tienda en un lugar del río. Parece que no molesto a nadie, y nadie me molesta a mí. Estoy recobrando la paz que no tenía desde que vine a la ciudad. La soledad de las noches, su silencio, el canto desesperado y silencioso de las luciérnagas me acompaña en las horas muertas de las neblinas que me arrullan. Por fin vuelvo a hablar con mis dioses. Están de acuerdo en que parta de aquí lo más pronto posible. Pero creo que tengo algún asunto pendiente.

Esta mañana vino a buscarme el caballero que me encontré el otro día junto al lugar donde sacrificaron a la joven de la bicicleta. Se interesó por mí. Me preguntó si necesitaba algo. Si podía ayudarme. Le hice ver que si la tratamos bien, la tierra se ocupa de nosotros, nos alimenta, nos protege, vigila nuestros pasos. Me dijo que desde nuestro pasado encuentro se encuentra desorientado, dubitativo, que ha perdido las certezas que creía inamovibles. Necesitaba hablar y hablar. Contar en voz alta todo lo que su cabeza no entiende, o no quiere entender como hasta ahora lo hacía. Insistió en darme detalles de otro sacrificio. Quería saber mi opinión.

Esta vez la pieza era un hombre. Parece que después de cazarlo, le despojaron de su ropa. Además, lo dejaron encerrado en una habitación cerrada con llave. Comprenda, le dije, que muchos cazamos osos por su piel. Y que algunos venden esa piel antes de cazar el oso. ¿Me entiende? Creo que quedó desconcertado, como si la explicación que él hubiera encontrado fuera en una dirección totalmente diferente a la mía. Por otra parte, añadí, cubrirse con la piel de un animal permite apropiarse de su espíritu. Das vida a lo que ya no existe, a lo que ya no es. Y entonces me miró con una luz en los ojos que antes nunca le vi. Gracias, gracias, me dijo. Y se levantó de repente como si tuviera algo urgente de que ocuparse. Perdone, el otro día fui descortés, como se llama usted... Dersú, Dersú Uzalá... Qué significa?... Otro día se lo cuento. Ahora usted tiene la prisa del que acaba de encontrar un camino que vale la pena recorrer. Vaya, vaya. No se entretenga por mí.

D.U.

diumenge, 21 d’agost de 2011

21/8/11


Amb tot el que està passant, i com d'avorrit pot aplegar a ser l'agost a París. Avui, el Miroir de l'Absinthe es fa ressò d'un altre crim. A un saló de billars, al dintre del quartet que utilitzen com a oficina, han trobat el cos d'un home nu, de mitjana edat, completament despullat, amb un forat al coll, al tos, com si fos un animal sacrificat. El forat -detalla el periodista- té el calibre d'un dit índex. El cau estava tancat amb clau, i ningú havia forçat el pany. Diu, que tots apunten com a possible arma la part superior d'un tac de billar, el que denominen llança, però matisa que no apareix enlloc i que la reconstrucció dels fets presenta moltes interrogants, sobretot per la inexplicable nuesa del cadàver.

També afegeix que, donat l'imminent homenatge i condecoració del comissari Maigret, es farà càrrec de la investigació el sub-comissari Clouseau. Caram, quina sorpresa. Mai no hagués pensat que algú retiraria al Maigret de la circulació. Coneixent-lo com el conec no deu haver-s'ho pres molt bé. Miraré de parlar-li a la primera ocasió.

Però amb tot, com d'avorrit em sembla París. Des que vaig trobar-me aquell vell del riu pense que he mirat amb ulls equivocats la vida. De manera quasi obsessiva dubte de les meues valoracions de la realitat, i aquest dubte metòdic m'està suposant una despesa per a la que no estava gaire preparat. Senzillament estic començant a comprendre que bona part dels meus èxits com a investigador no han estat sinó lamentables cops de sort.

En altres temps un cas com el dels billars hagués disparat els meus raonaments. És despullat perquè l'assassí vol guanyar temps. La identificació serà més costosa, molt més si l'occís no té antecedents. Per què prendre's la molèstia de tancar-lo a l'oficina? Jo diria que per a desviar l'atenció dels policies cap a tots aquells que hi tinguen clau. Més temps guanyat. Perquè o l'han assassinat entre dos, i mentre u l'immobilitzava o l'amenaçava amb una pistola l'altre li ha clavat el tac, o bé ho ha fet un sol assassí aprofitant la postura del jugador de billar quan prepara el colp, i quan el pobre era ben confiat.

I en altres temps hagués anat a comprovar les meus primeres deduccions. Hagués buscat rastres de sang. Hagués observat amb deteniment tots els objectes que com espectadors improvisats han assistit en primera fila i de franc al millor espectacle que els homes han concebut: el sacrifici, i que el vell del riu abomina tant i com menysprea la condició humana. I heus ací que no posaria la mà al foc per ninguna de les meues teories. Així d'avorrit és París en agost. Qualsevol diria que un agost de fa 67 anys, París va ser alliberat dels sacrificis indiscriminats als que era sotmès.

A.D.

dissabte, 20 d’agost de 2011

20/8/11


D'un pèl ha estat que el Maigret no m'agafés entrant a l'oficina. Anava a girar el cantó i l'he vist, plantat amb els braços als costats com fan les dones empipades, geloses, quan li passen comptes a la pocavergonya que les ha furtat el seu home. Això sí, amb paraigües inclòs. Redéu, si un afer no l'has tancat del tot ja s'encarregarà ell de tancar-te a tu en un laberint d'imprevistos i entrebancs.

Aquesta dona que em vaig trobar morta al seu pis deu ser el lligam. Què si no? Però ella no sabia aquesta adreça. O havia fet indagacions pel seu compte. Potser no era tan ximpleta com jo l'hi feia. Bé, ara ja en té el meu cognom, comissari, H. Verdoux; i un lloc per a registrar amb un munt d'informació que, tot i no suposar una amenaça directa, m'obliga a repensar les meues prioritats.

Tindré que esfumar-me, com qui diu. Ara estic, ara ja no sóc. El gran Henri, com el Houdini. Angers o Grenoble són destins on els meus negocis poden prosperar ràpidament. O no. Però tampoc puc anar amb massa melindros. I vaig curt de pressupost, molt curt. Només faltaria que tingués que tornar a barallar-me amb els marietes dels pitjors billars de París, i arreplegar uns pocs cales per a fugir d'aquí.

Ja n'he fet les maletes. Bé, la maleta. Lleuger d'equipatge, com els fills de la mar. On he llegit aquests versos? Ni me'n recorde ni tinc ganes de fer-ho. Un parell de mudes. El necesser. Les camises. Uns pantalons. Els mocadors… He de reconèixer que des que he canviat de negocis els meus efectes personals s'han reduït a lo absolutament imprescindible.

En una de les meues fugides més precipitades, vaig coincidir, a l'expresso de mitjanit cap a París, amb un pianista de segona que feia concerts a tot arreu acompanyant cantants -habitualment dones, sopranos- de veu declinant. Em va dir que odiava viatjar, el que per a la seua professió era un gran handicap. Sap -em va confessar- sóc una mena de delinqüent fugint de mi mateix. El mínim d'objectes personals. I una vida gairebé de carrusel de fira anònima pels llocs més anònims que mai no puc recordar. Una mena de meuca donant plaer amb acord verbal previ i pagament al final de l'acte. I amb la mateixa salut de ferro, si no a les primeres de canvi et fiquen en una caixa. N'hi han de grans músics que no ho suporten. Chopin amb prou feines donà una trentena de concerts públics, ho sabia?, s'estimava molt més els salons aristocràtics, la privacitat. Sabia el que es feia. Un concert és molt més que interpretar unes peces, implica una entrega que molts senten com obscena... Em vol dir -li vaig replicar- que el joc de l'amor amb seduccions a contracor, gelosies i rancúnies amagades són a la platea fins i tot del teatre de províncies més abandonat per les muses?... I tant, monsieur, el corpus delicti sempre es queda damunt del piano... M'hagués agradat sentir-lo tocar...

H.V.

divendres, 19 d’agost de 2011

19/8/11


Veremos cómo se toma Maigret su cese. Cuando me lo dijeron esta mañana me quedé muy extrañado. No, las piezas del puzle no van a ser las habituales. Y es que esta realidad se me escapa. Durante años, y aunque admita algunos sobresaltos, las cosas parecían obedecer a una lógica interna que las animaba y las ordenaba. Yo conocía esa lógica y el ajuste final se producía sin mayores consecuencias. La vida parecía haberse instalado en una especie de quietud inamovible que recordaba la sólida lámina de un mar en calma.

Pero pasan los años, y yo, que creía que esa sensación iría en aumento consolidando un bienestar casi anodino, compruebo cómo el desasosiego se instala en casi todos mis movimientos, incluso en los más fútiles: encender la lámpara en la inicial penumbra del atardecer, abrir el libro que deseo leer o el cuaderno en donde anoto estas palabras. Y entonces, bebo. Bebo, no por sed. No por emborracharme. Bebo, porque la mecánica de llenar el vaso derramando el alcohol sobre el hielo que antes puse me relaja, me da una tregua necesaria. Y no necesita mi decisión consciente. Como un amor envenenado. Bueno, como el amor. Y sólo entonces, puedo coger la pluma y moverla obsesivamente sobre el papel. A veces hay palabras en esos trazos. La mayor parte de las veces no, sólo es tinta derramada, como en aquellas sangrías de la medicina del pasado pero que aquieta mis temores. Sí, el miedo me atenaza, me invade incluso en las decisiones más banales. Y mi cinismo languidece ante tanta inquietud.

Qué fácil es ser un cínico con el miedo de los demás. Dorian debería preocuparme. Pero me aburre. El acoso al que dice estar sometido. Esa estúpida idea del cuadro penitente que se le ha metido en la cabeza. Llámeme Tom, doctor -insiste una y otra vez. Pero dame alguna razón, le digo. Hágame ese favor, doctor Grey, es muy importante para mí. Dame un porqué, sólo te pido eso. Hoy por hoy, no puedo, doctor… Y así un día y otro. Pobre muchacho, qué realidad estará viviendo para necesitar tantos subterfugios. Como yo, como tantos que no somos sino un conjunto de sortilegios.

Larsen llega de aquí unos días. Dice que igual necesita salir del país y que ha pensado venir a saludarme. Veremos qué pasa con su saludo. Dice que le busque un club de billar, que viene justo de pesos -él siempre habla de pesos- para el viaje. Vaya novedad. Preguntaré a los chicos por los billares, alguien sabrá el club apropiado para Larsen. Un club donde seguro que nadie habrá oído hablar del dry de Noilly-Prat.

D.G.

dijous, 18 d’agost de 2011

18/8/11


Esta hora en que una frontera incierta separa la radiante calidez de la luz de la tarde del bochorno oscuro de la noche, siempre me ha parecido de naturaleza distante y fría. Es la hora de los asesinatos rabiosos, abruptos, aquellos que nadie necesita planear. Es la hora de las ejecuciones sumarias. El segundo Greenleaf al que me enfrentaba me había citado por segunda vez en el mismo café. Como tampoco se presentó, decidí que aquel hombre del panamá amarillo era quien me esperaba.

Le seguí. O bien hice que me siguiera. Se dirigió o me dirigí al Club de Billar. El club está ubicado en la trastienda de un local de tragaperras y juego electrónico. Un lugar sórdido. Un pasillo flanqueado por las máquinas donde las monedas entran para no salir y con una solitaria ruleta electrónica al fondo como último paso antes de los excusados y de la escalera de madera que desciende a los billares.

El olor a moqueta enmohecida se mezcla con el de los paños gastados de las mesas de billar francés, la tiza de los tacos y las miradas obscenas de los sarasas. El sótano tiene distribuidos a lo largo de las paredes los tacos envejecidos de los socios que o bien apenas juegan o nunca más jugarán, pero que quedan allí como trofeos privados de una partida que nunca serán capaces de ganar. Fui a las taquillas y saqué la bolsa con mi juego de palos y las bolas. Pedí por el interfono la mesa 4. Y comencé a jugar.

Siempre me pareció que el billar francés es una visión profunda del universo. Un triángulo que resume los ejes del destino, la carambola de los azares. El hombre del panamá bajó por la escalera, pesado, haciendo sonar las tablas de los escalones. Pasó a la zona pública, la que no está reservada para los socios. Y comenzó a jugar, contoneándose, en la mesa del pool, ese pasatiempo de simples.

No lo pensé dos veces. Separé las dos partes del taco y me dirigí hacia él. Con la lanza delantera disimulada a lo largo del brazo hice como que buscaba algo en la taquilla. En el mismo momento que, agachado sobre la mesa, me ofrecía su trasero e intentaba apuntar a la bola del fondo izquierda de la mesa, le clavé la lanza en la testuz. Cayó pesadamente al suelo sin dejar marcas de sangre en la mesa. De hecho, apenas sangró. Quité el palo de su cuello y con el pañuelo que lucía en el bolsillo exterior de su americana vendé la herida que comenzaba a sangrar.

Me dirigí al pequeño cuarto que la junta directiva utiliza como oficina y de la que sólo ellos tienen llaves. Abrí la puerta sin forzar la cerradura. Metí el cadáver y quité el pañuelo. Cerré nuevamente la puerta con mi juego de galgas. Limpié la puerta. Revisé el suelo y no vi rastros de sangre. Dejé el taco del hombre del panamá bien apoyado sobre una silla, como si alguien le hubiera llamado y él lo dejara por un momento. Encima de la mesa sería de menor utilidad. Guardé mis tacos en la taquilla, menos la lanza ensangrentada que escondí en la manga de mi brazo izquierdo. Metí su pañuelo en el bolsillo y salí del club en dirección a casa.

T.R.

dimecres, 17 d’agost de 2011

17/8/11


Aquest colp no m'ho esperava. A més, com si d'una bomba de fragmentació es tractés, són molts els petits colps mortals en que es divideix. Quants al departament estaven assabentats i han callat? Qui ha estat el principal impulsor? Qui no ha estat prou ferm en l'oposició? Quants pensen que aquesta arbitrarietat ningú mai no la farà servir en ells? A qui pot, al cap i a la fi, alegrar aquesta malifeta? Maigret. Jules Maigrit, comissari en cap de la policia judicial de París, et despatxen.

Au, s'ha acabat. "En reconeixement als serveis prestats a aquesta comunitat i per la seua inigualable tasca en contra del crim se li atorga la medalla de la Legió d'Honor de la República Francesa com a colofó d'una carrera impecable i irrepetible a favor de la llei i de l'ordre, i amb l'objectiu primer del benestar dels seus conciutadans. París, agost 2011, el President de la República Francesa. N.S."

Qui està al darrere de tanta hipocresia? Acabes identificant-te de manera tan profunda amb el teu historial, amb els fets que et representen que arribes a creure't tan inamovible com ells mateixos. Vull pensar que molts admiren el que fins ara he estat capaç de fer, però me n'adone que la meua presència els resulta totalment prescindible, com un expedient que algú arxiva sabedor de la seua vàlua, però també de la seua més que dubtosa utilitat futura.

El que no acabe de copsar és la conjuntura en que tot aquest assumpte es precipita com una urgència no vista fins avui. La crisi, les retallades pressupostàries... Bé, bla, bla, bla… Però al bell mig de dos afers tan greus com el de la xica del riu i el de les dones grans, amb més que possible connexions? Per què? I els dubtes més que raonables sobre el o els tops al dintre del departament, i dels que vaig fer coneixement al cap de seguretat? No sembla el millor moment per a desfer-se -amb tots els honors, és clar- de l'únic que a hores d'ara pot arribar a tindre la capacitat d'aclarir, si no la totalitat de l'enrenou, sí algunes de les circumstàncies principals.

D'alguna manera, aquesta idea un tant novel·lesca de la conxorxa criminal d'ampli abast social pren cos als meus temors més irracionals, més inconfessables, més privats. Hauré d'acceptar la distinció i retirar-me honrosament a la meua caseta del camp? O, molt al contrari, i per primera volta a la meua vida, desobeiré els meus superiors i faré ressò públic del que considere una decisió no només equivocada, sinó gairebé abjecta? Bé, no sé qui, entre els meus jos, guanyarà la partida, si el disciplinat o l'indignat, però siga com siga no prendré la decisió sinó amb una bona dosi de fetge. Tal i com Díaz Grey diu que fa gairebé tothom. Les raons ja vindran desprès.

J.M.

dimarts, 16 d’agost de 2011

16/8/11


Tuve miedo. Sí, y así se lo hice saber al hombre aquel que encontré en el río. O que me encontró a mí. Sé que fui un cobarde. Que la verdad no debe asustar a un cazador. Aunque la presa fuera débil y la lucha desigual. Aunque más que cobrar una pieza, aquello fuera un sacrificio en toda regla. Conozco algunas de estas ceremonias y me inquietan tanto, sufre tanto mi espíritu que no acabo de comprender qué dioses pueden desearlas. Sé que si ofendo al señor del bosque pagaré la osadía. O que si me río de gente tan importante como el agua o el fuego, después lloraré amargamente. Pero no acepto que sacrificando un pobre animal indefenso nadie compense ofensas cometidas.

No tengo ánimo para dejar que mis ojos reconstruyan con la avidez de la locura las crueles escenas que todo parece indicar sucedieron allí. Siempre recordaré el día en que uno de los cazadores que solía encontrar en los mercados de pieles, volvió a casa y advirtió que su mujer había desaparecido. Me despedí de él en el cruce cercano a su tienda. Y de pronto oí un grito desgarrador. Volví sobre mis pasos y corrí en su ayuda. Le encontré postrado, revisando su armamento. Le pregunté por la causa de su dolor. La historia que, pausadamente, contaron sus labios fue llenando mi mente de tinieblas, más espesas cuanto más despacio las contaba. Me dijo cuántos hombres habían perpetrado el abuso, de dónde venían, el sufrimiento de una mujer totalmente desposeída de su condición de persona. Y, lo que me dejó más atónito, el lugar exacto donde reposaban sus restos. Y me lo dijo sin mirar siquiera en aquella dirección.

Un tanto incrédulo ante tanta barbarie, decidí comprobar por mí mismo la confesión del amigo. Juro que no me dejé influir por su historia, pero el ultraje era punto por punto el que contó. Incluso omitió detalles íntimos que nunca comenté con él. Y aquella experiencia de violencia gratuita, de odio a uno mismo reflejado en otros, de desprecio abismal por la condición humana reducida a la peor enfermedad: la indiferencia por el otro, la ignorancia del lugar que todos ocupamos y que ha sido vulnerado hasta su desaparición, creó en mí la preocupación por evitar repetir la visión de aquellas huellas del hambre de mal.

Mi amigo llegó a la ciudad, ejecutó uno por uno a los autores de tal sacrificio. Lo apresaron. Nadie creyó la versión que dio. Descubrieron, entre miradas huidizas, los restos de aquella mujer. Pero no creyeron los datos que solo él y yo leímos sobre la arena. Y una mañana, en nada diferente a tantas otras en que el sol decidió seguir saliendo, fue colgado de la rama oscura del árbol principal de la ciudad.

D.U.

dilluns, 15 d’agost de 2011

15/8/11


Avui, la debilitat de la meua dona ha estat extrema. Asseguda a la cadira de rodes amb prou feines si es mantenia dreta. Hem tingut que lligar-la al respatller. Li he insistit en que es quedés estirada al llit. Però no ha volgut. Què pensaran els nens?... Que estàs malalta -li he dit- no n'és cap vergonya… Tu, que no fas sinó viatjar, i jo al llit totalment absent. No, Henri, no es mereixen tal cosa… No és la primera volta que em sorprèn la seua fortalesa. Jo que n'estic esgotat, tip, dels meus afers, i no me n'adone que ella em supera de bon tros.

Hem cridat al doctor Grey. M'ha dit el de sempre. Les crisis augmentaran en intensitat i duraran més i més. Sembla que la seua agonia va en proporció directa als meus negocis, als meus pecats. En el fons sembla que no sóc sinó un pobre moralista. Pecats, recompenses, malifetes, almoines, compensacions, l'eterna balança del bé i el mal. Com és possible que al capdavall encara continue creient en aquestes foteses? Però no ho puc remeiar, moltes de les meues accions obeeixen el dictat d'aquestes dèries. Quan li ho he fet veure al Grey, gairebé si deixa anar una rialla. Canviaria els meus negocis si demà ella és llevés del llit totalment sana… Això ho diu vostè ara, però si demà passés el que desitja s'adonaria que demà és un altre dia. No sé a què es dedica, ni vull saber-ho. Però una volta vaig estar temptat de cridar-lo per un assumpte prou delicat. I potser ho devia d'haver fet. Bé, no cal penedir-se del que no s'ha fet, oi?.

Grey és un cínic. Un metge que sap, i molt bé, de què estem fets. Deixant de banda el cervell, el fetge és sense dubtes la nostra víscera més espiritual -no es cansa de dir. És com un confessor que et va absolent dels teus pecats fins que un dia diu prou i t'excomunica. S'ha acabat la festa. D'això, que només faig que donar-li raons. Res em fotria més que una sentència de mort sense ningun tipus de delicte, o pitjor, pel que no he fet... Com la meua dona?... Sí. No s'ho prenga mal, Henri… Ja veu, doctor, arribem sense voler-ho al que jo li deia. Potser la meua esposa paga a bestreta els pecats d'altres…

I ja que parle de diners, se'ns estan acabant els estalvis. L'últim negoci ha fracassat. Per tant, tot i l'agreujament del seu estat de salut, tindré que absentar-me per una temporada. No tenim cap escapatòria. Som una mena de ninots sense destí.

H.V.

diumenge, 14 d’agost de 2011

14/8/11



Un altre assassinat a París. De xica a dona gran. D'innocència a obscenitat. Dues víctimes ben allunyades amb un epicentre comú: algú s'ha pres la molèstia de que semblen l'acció del mateix assassí. O potser sí que tenim un mateix homicida o homicides, que no veig clar l'acció d'una sola persona. I la raó principal és el que em va dir aquell vell del riu. Quan parlà de l'esquivament i d'un sacrifici al dintre del cobert que no volia conèixer. I açò li dóna una dimensió sempre inquietant en la qual no vull acabar de creure o entrar, com el vell amb el cobert. No comencem ara amb cerimònies diabòliques i coses per l'estil o perdrem l'esme.

Així, per no embolicar massa la troca, vaig anar a passejar-me i fer una ullada a les llibreries de vell. Seguisc amb la meua dèria dels Speculum i vaig conèixer a un tal doctor Grey que la comparteix. El matí va ser profitós. No només per la conversa sobre aquesta fascinació comuna, sinó perquè el tal Grey té tota la pinta d'anar pel la corda fluixa amb la seguretat d'un malabarista de la moral, és a dir, de moral equívoca. Té una relació molt particular amb la llibretera, l'Henriette, les seues mirades de complicitat així ho deixaven entendre, i ells no feien cap esforç per dissimular-ho. Aquesta noia és l'arxivera de la policia judicial. Potser ella també m'ha reconegut, tot i que fa temps que vàrem creuar-se en prefectura.

La hi vaig veure per primera vegada amb el cas de les bessones assassines, que ningú podia probar  que ho foren, ni bessones ni assassines. Sempre tenien coartada preparada, és clar. I vàrem descobrir-les per una futilitat, per una coqueteria que elles mai de la vida hagueren cregut tan important, mentre una pentinava els seus cabells curts cap a la dreta, l'altra ho feia, tot i tenir el cabell idèntic, cap a la esquerra. Per tant no n'eren iguals, sinó més bé reflexos especulars. I jo em vaig adonar parlant amb els testimonis, i revisant les fotos dels expedients. Era com mirar a l'altra banda del cristall. Potser m'ajudà la meua afició als Speculum. Vés a saber. La ratlla al mig les hagués fet impunes. Les varen guillotinar, i amb tan mala traça que el botxí no sabia què cap corresponia a cadascú dels cossos. És que em feia nosa etiquetar les seues orelles, tan joves, tan guapes i tallar-les el cap com si foren porcs amb el plom, deia el pobre com a excusa. Si n'és d'important l'estètica que pots perdre el teu cap per a sempre mai. El mateix que si deixes que els teus ulls guanyen la partida i s'agenollen davant aquesta llibretera a temps parcial.

A.D.

dissabte, 13 d’agost de 2011

13/8/11


Faltan piezas en el puzle. Faltan piezas maestras. Y por lo que veo no van a ser las habituales. Dorian me dijo que alguien va tras él. Unas llamadas telefónicas anónimas. Un pasado que se obstina en seguir vivo. Además, añadió, todo quiere indicar que tuve alguna relación con la chica, pero que no hay nada de eso. Aquel saludo es lo único que compartieron. Y fue cuando ella desvió la mirada. Así, que apenas si le vio. Pueda que diga la verdad, pero yo hace mucho que no creo en la verdad. Pero qué pudiste hacer, si apenas tienes pasado, le dije. No crea doctor, a veces las apariencias engañan. Últimamente no soporto los espejos.

Por lo que me dijo mi contacto en la prefectura, la última mujer asesinada es la misma de las fotos obscenas. Allá cada uno con sus miedos. Hay satisfacciones que ningún miedo debería disculpar. Pero quien acosa a Dorian fue quien puso el sobre en el vestido de la chica. De eso comienzo a estar más que seguro. El ciclista puede ser una pieza del puzle. Sólo él, además de la receta y las fotos, puede vincularnos directamente con los sucesos del río. Pero es un mero observador, no parece parte activa del drama.

Esta mañana en la librería de raros conocí, o vino a conocerme, un tal Dupin. Mientras ojeaba un libro donde Calpe aún era Compañía Anónima de Librería, Publicaciones y Ediciones, oí como preguntaba a Henriette por los Speculum. Parece que los dos buscábamos los mismos raros, cosa que no deja de ser rara, a su vez. También se interesa por los Speculum. Y se ofreció a enseñarme su colección. Dice estar fascinado por tal cosa. Algo que responde a la lógica más determinista, pero que acaba dando una visión contraria, punto por punto, de la realidad. O al menos, eso creemos.  La conversación, o más bien intercambio de fascinaciones personales, recayó, como era de esperar, en la leyenda, en el mito, en el Speculum que todos codiciamos, el Speculum Speculorum, y del que nadie puede afirmar categóricamente que exista o que no exista. Como la misma imagen que vemos reflejada.

He de reconocer que fue una mañana agradable. El trasfondo siempre sensual de los pasos de Henriette por los pasillos ocultos y laberínticos de la librería. La sombra suave de sus facciones a juego con el contraluz de la mañana. Sus brazos dibujados y la mirada confusa de quien sabe comprender. La letanía sobre los Speculum. El sol siempre alegre de París. Como un niño enfermo de asma que muy pocos días al año respira con total plenitud.

D.G.

divendres, 12 d’agost de 2011

12/8/11


He d'admetre que me'n vaig precipitar en dir no. Aquesta dèria de no espantar a l'opinió pública potser m'ha traït. No volia crear una alarma innecessària deixant viva la possibilitat de que la noia del riu tingués cap relació en la sèrie de desaparicions o assassinats de dones grans que des de fa temps em preocupa i ocupa. París, i els seus voltants semblen a hores d'ara, una mena d'escorxador difús de somriures definitivament trencats, de boques que han callat per sempre mai.

A la noia del riu, l'assassí o els assassins, que encara està per veure, li varen deixar a una de les butxaques del vestit un sobre amb una recepta de morfina i unes fotos obscenes de una dona gran. La prescripció mèdica em portà a un vell conegut, el doctor Díaz Grey, un tipus que sempre camina amb l'habilitat d'un funàmbul per la dubtosa línia entre el bé i el mal. No sé què pensar de las fotos en relació a ell. Ni del que va dir sobre un tal Tom. És el Ripley? El mateix que volia comprovar a l'expedient Greenleaf desaparegut de prefectura? No li vaig dir res de les fotos, i ell, que no en té un pèl de tonto, ni les va insinuar. Però el fet que aquesta dona pornògrafa és, ara per ara, l'última víctima als carrers de París, li dona un gir inesperat al cas. O bé tenen alguna connexió natural -el que em costa de creure- o bé algú està molt interessat en donar-lo a entendre. Han utilitzat un modus operandi similar, crueltat, acarnissament amb el rostre del cadàver i ejaculacions sobre les cuixes. Per les anàlisis ja podem descartar un sol culpable.

I ara ve la segona part de l'afer. Hi han detalls, només relacionats als informes policials, coincidents en aquestes dues darreres morts. I si afegim aquesta dada a la desaparició de l'informe sobre el cas Greenleaf, la xarxa de sospites i sospitosos comença a fer-se massa extensa i complexa, amb l'agreujant de tindre algú d'ells dins de casa nostra, a la pròpia prefectura, fent-nos el salt.

Que al doctor Grey ja li havien fet avís de la meua visita i de les circumstàncies forenses del cadàver del cobert des del mateix dipòsit, és més que evident i ho done per fet, però les informacions que a dia d'avui han traspassat el secret de la investigació són preocupants, gairebé inquietants. Fins a quin punt puc confiar en els que m'envolten? Sembla que tot està podrit pels diners.

I tot plegat em porta a una mena de deliri pel qual comence a pensar en corpuscles força organitzats que tenen com a únic objectiu sembrar el caos, el terror, mitjançant el crim gratuït i despietat, la bogeria de la sang vessada només per l'atzar. He d'admetre que el meu insomni el faig passar davant de la tele mirant una i altra volta certes pel·lícules. Ahir, hi vaig posar-me El doctor Mabuse, i potser encara no l'he paït del tot.

J.M.

dijous, 11 d’agost de 2011

11/8/11


Sobre las 12 del mediodía de ayer sonó el teléfono. Heloise se puso al aparato. Quien quiera que fuese colgó. No habían pasado cinco minutos, y volvió a sonar. Heloise había subido a las habitaciones. Diga?... Greenleaf?... Quién es?... Dickie Greenleaf?... No, se equivoca. No es aquí… Yo no estaría tan seguro, monsieur Ripley. Tengo algo que puede interesarle. Al caer la tarde en el café Vic… ¿Quién era, cariño?... No sé, colgó. Debió equivocarse de nuevo... Hay gente que necesita un descanso. Cómo se puede tropezar dos veces con la misma piedra?... Y hasta tres, Heloise. Y hasta tres. O eso dicen… Heloise preparaba el equipaje que llevaría por la tarde al aeropuerto. Ella y su amiga habían organizado una de sus acostumbradas escapadas de "adolescentes". No más de tres o cuatro días, me dijo. Sabes?, te acercaré con el coche… Oh, Tom, eres un cielo…

Cuando llegué al café, la luz del sol espejeaba libremente entre las ramas del parque. Sentado en la terraza, y totalmente absorto en la verdosa luz crepuscular de su absenta, estaba uno -el más alto, el del codo accidentado- de los que seguí en el mercado el miércoles pasado. Me senté en una mesa cercana para que advirtiera mi presencia, pero no movió ni una pestaña. Pasado un buen rato comprendí que no era él a quien buscaba. Pero en todo momento tuve el presentimiento -últimamente tengo demasiados- de que quizás su pareja me observaba desde algún ángulo oculto. Pero por qué. Qué puede saber de ti, una pareja encontrada al azar en un café? Oscurecía. Si de caídas de la tarde se trataba, esta estaba ya por suelos. Y nadie se presentó. Subí al coche y volví a casa. Hacia las 10 de la noche, el teléfono volvió a sonar. Sí?... Greenleaf?... Ya le dije que se equivoca… Entonces, por qué estuvo esta tarde en el café?... Llevé a mi esposa al aeropuerto, y decidí dar una vuelta por la ciudad. Quién es usted? Qué quiere?... Ya le dije que tengo algo que puede interesarle… Si no es más explícito, será mejor que acabemos esta conversación… No tan deprisa, monsieur Ripley, últimamente mucha gente anda interesada en el expediente del caso Greenleaf. Lo sabía?... Qué quiere insinuar, Sr…?... No insista, digamos que soy Dickie, Dickie Greenleaf y le llamo desde el pasado… Y colgó.

He de reconocer que estoy cansado. Que estas llamadas del pasado -quien quiera que sea, no sabe lo acertado que ha estado por llamarla así- no acaban sino engendrando nuevos pasados de los que huir. Y comprendo que todas estas huídas, o mejor, que esta clase de huídas son siempre hacia delante. No hay retorno. No es mi conciencia. El pasado es el que no me deja ser feliz.

T.R.

dimecres, 10 d’agost de 2011

10/8/11


No podrás desechar los pensamientos,
ni jamás desterrar ya las visiones;
pasarán por tu espíritu
cual gotas de rocío por la yerba.
(Edgar Allan Poe, Espíritus de la muerte)

Avui he fet un descobriment excepcional. Un descobriment que té com a conclusió última una sola paraula: humilitat. Vanitas vanitatis, a partir d'ara serà el lema del meu escut d'armes. Chevalier Auguste Dupin, membre de la Légion d'Honneur, cervell privilegiat que fins ara s'estimava a sí mateix com el més poderós del món modern, i que havia fet del seu poder d'observació l'eina més potent per a la deducció satisfactòria dels fets. Chevalier Auguste Dupin, avui un vell d'aspecte descuidat i estrany, fins i tot als carrers de París, t'ha baixat dels teus núvols i t'ha donat una lliçó que mai oblidaràs. Chevalier Auguste Dupin, vanitas vanitatis.

Aquest matí, no havien passat cinc minuts des que al Sacré Coeur tocaven l'Angelus, que m'he decidit a fer un tomb pel lloc dels fets. No seria la primera volta que les meues inspeccions oculars donen llum a les investigacions mandroses, pura formalitat sempre, de la policia judicial. En arribar al riu, no m'he dirigit directament al cobert, sinó que, com sempre faig, inspeccione els voltants. La veritat, no n'he vist cap cosa d'excepcional. Assegut a la vorera del riu, un home vell, però no ancià, de moviments encara àgils i espavilats, i amb vestits de captaire, mirava de treure profit amb una canya improvisada i una corda prou llastimosa. La meua commiseració m'ha portat al seu costat. I també la remota possibilitat de que hagués estat a la guaita el dia dels fets.
 
Desprès d'interessar-me per la fortuna del pescador -per cert, ja en portava cinc peces i no feia un parell d'hores que era allí- li he preguntat pel dimecres passat. No, no estuve aquí. Pero hubo caza. Muy desigual. Una presa débil, poca presa para tantos cazadores. Nadie quedó satisfecho. De primer antuvi he pensat me'n parlava de les despulles d'algun conill, ànec o qualsevol altre animalot que puga tindre el seu cau a les voreres del riu. Però m'ha deixat ben glaçat en dir-me: Pobre chica, debió confiar en el anciano, era el reclamo. M'he quedat sense paraules, però seguia preguntant-li amb els ulls. Ve esas huellas?... Eren les que havien deixat la xica, l'acompanyant i la bicicleta, i que jo hi havia inspeccionat. Las de la muchacha están a la izquierda del surco de las ruedas, las otras son del  anciano. I tot i que el meu cervell intentava esbrinar com podia afirmar tal cosa només assenyalant les petjades, no he pogut evitar dir-li: Por qué un anciano?... Los ancianos pisan de talón. Y es hombre porque aquí las mujeres llevan todas zapatos con tacón. Ve las de la joven?, la pequeña señal del tacón bajo y la misma profundidad en todo el pie, porque los jóvenes empujan con la parte delantera del pie al salir de la pisada… Pero, usted hablaba de más cazadores… Mire ahí. Alguien se tomó la molestia de cortar esas varas de follaje. ¿Ve el corte limpio?, y después de usarlas como escoba las tiró al río. Caza al ojeo. La conoce?... Vaig assentir amb el cap. La espera es larga, aburrida, y siempre se dejan restos de comida o cualquier otra cosa… Se habrá enterado del asesinato por los periódicos?... No, no leo los periódicos… Entonces?... Las huellas acaban en el cobertizo. Sin caza habrían huellas del regreso. Si ella hubiera sido el reclamo, y el viejo la presa, qué falta hacía la bicicleta? Ninguna. Luego hubo caza al ojeo y el sacrificio fue a cubierto. Pero jamás entraré ahí. No quiero saber cómo  pasó. Lo que le hicieron… ¿Por qué dice que nadie quedó satisfecho?... La gente mala nunca es feliz…

A.D.

dimarts, 9 d’agost de 2011

9/8/11


El fangós sentor de la sequiola del costat arriba a casa amb l'obstinació i ritme del mar a l'arena. A diferència, però, de l'escuma marina, aquest flaire em pertorba retrobant-me una i altra volta, insistentment, amb el frustrant resultat del meu últim negoci. Negoci, tot s'ha de dir, on encara em queden massa fils per lligar. Aquesta dona de les joies i els bons de deute farà aparició estel·lar al moment més inoportú, ja m'ho ensume. I a l'inrevés d'aquell taüt, que brollant de la mar va salvar al narrador -call me Ishmael- de Moby-Dick, serà per a mi un dit acusador, una indicació flotant, una boia delatora, del que estic fent darrerament al món de l'empresa privada. La policia ha fet una crida a l'opinió pública per si de cas algú va veure una xica amb bicicleta passejant amb qualsevol per les voreres del riu la tarda del dimecres 3 d'agost del present. Ho diu una gasetilla al Miroir de l'edició vespertina d'avui. Dissortadament, dimecres vesprada, aquesta senyora i jo fèiem una volteta en barca pel riu, decidit com jo era a tancar definitivament els negocis que en dúiem entre mans. Però no va poder ser, i un aplaçament acabà imposant-se. Res preocupant mentre ella no llitja el periòdic i cride a la policia, esperançada amb el seu moment de glòria. Perquè, efectivament, vàrem veure a la noia, i acompanyada. Tot i que la distància ens impedís poder concretar gens sobre ni tan sols com era l'acompanyant, si home o dona, per exemple. De fet, l'únic que es distingia eren dues figures i una bicicleta. De segur, que ella mentirà. Donarà pèls i senyals d'aquell assassí -home, no cal dir que ho jurarà si és menester- tot i que d'esquena com era a la vorera del riu, amb prou feines si els va apreciar. Però dirà que anava en mi. I dirà el meu nom. I voldran parlar en mi. I jo, a tots els efectes aquell dia no era a París, sinó a Grenoble. I la cosa es pot enredar de valent. Bé, una visita sorpresa, per la meua part, podria tallar tot aquest enrenou de soca arrel. Tot sembla indicar que aquesta serà una llarga i feixuga nit.

Sí que ha estat feixuga la nit, a més de fastigosa i plena d'interrogants. Quan he arribat, ja era morta. L'he trobada estesa al pis de la cuina, amb el rostre totalment desfigurat, les faldilles aixecades i restes d'una o vaires ejaculacions a les cuixes. M'ha sorprès la porta entreoberta, i ja no m'he llevat els guants. Desprès el silenci. Un silenci pecaminós. Conec ben bé aquest silenci. Durarà fins que algun innocent faça el seu primer grit d'espant. He intentat mantenir-me completament al marge, però li he abaixat decorosament la combinació interior. Era mesquina i egoista, però de tant en tant vaig riure amb ella. Quants interrogants, déu meu. Qui se l'ha carregat? Tot sembla indicar el modus operandi de l'assassí de la noia del riu. Haurà aplegat a parlar amb la bòfia? Ens va descobrir l'assassí mentre fèiem la passejada en barca? Com ha sabut qui era ella? I jo, què sap de mi?... A l'horitzó comença, gairebé sense avisar, el nou dia. D'alguna manera, el sol mai no ha respectat el dol dels homes.

H.V.

dilluns, 8 d’agost de 2011

8/8/11

 

El que he llegit a l'edició vespertina del Miroir de l'Absinthe m'ha interessat no tant pel cas en sí mateix, assassinat i violació frustrada -l'ejaculació va ser exterior- d'una noia prou jove, sinó per la derrama de fets que li acompanyen. El periodista, seguint l'informe policial, donà com a segur que la xica va ser atreta cap al riu amb enganys o falses promeses. De què? Una dona que ha passat dels vint-i-cinc anys -segons l'informe del forense- o té les seues facultats mentals limitades o no és una adolescent que va descobrint el món a cops de desolacions d'extraradi. D'altra banda porta la seua bicicleta fins al lloc dels fets. Tot sembla indicar que coneixia, i prou bé, a l'autor dels fets. I tots suposen es tracta d'un home pels restos orgànics a les cuixes. Però segur que no hi va haver ningú més? Perversions s'han vist moltes com per a suposar la ximpleria en uns fets tan cruels. No només són brutals els ximples. Aclaparats per uns esdeveniments no prevists, més d'un cap ben moblat tira pel dret de la ximpleria més ominosa. I, a més a més, Maigret dóna per fet cap connexió entre aquest assassinat i les dones desaparegudes o sacrificades pel nou Landrú. Jo no estaria tan segur. Potser aquests assassins no es coneixen, però qui posaria la mà al foc afirmant l'inexistent punt de trobada: lloc, persona o aspiració. Un detall esmentat de passada pel plumífer local m'ha deixat més desconcertat si cal. La noia era muda. El que suposa una actitud, si més no, peculiar de l'assassí. Jo diria que el cercle de sospitosos no n'és tan gran. D'entrada descartaria al cercle d'íntims, coneguts i saludats. Qui seria tan ximple per a deixar el seu ADN a les cuixes derrotades de la noia? Els pederastes tampoc, massa gran. Molt menys els violadors habituals, són ben controlats pel semen. Doncs busquem algú que als últims dies ha conegut a la xica. Li ha fet confiança i és un pertorbat habituat a sortir-ne ben parat dels seus merders. De segur que a prefectura tenen per on començar. Potser al següent article del Miroir avancem en esbrinar qui és l'assassí.

A.D.

diumenge, 7 d’agost de 2011

7/8/11


La ciudad es mala gente. Pero yo siempre me porté bien con ella. No cacé en sus calles. No corté ramas secas de sus árboles. No planté mi tienda en medio de la plaza. Aunque tal vez debería haberlo hecho. En la ciudad, los que venimos de la taiga nos ahogamos. La ciudad me niega el aire que necesito. Y yo nunca le hice daño. Pero aquí abundan los cazadores de hombres. Los que miden tus pasos por monedas. Y tus palabras con rencores. Hace unos días me acerqué a un hombre que fumaba en pipa y le pregunté por qué tiraba el tabaco encendido a tierra. Por toda respuesta me indicó una puerta cercana y dijo: "si quiere tabaco…" Yo no pedía tabaco. En el mercado arrojan las sobras y las destruyen. Nadie podrá aprovecharlas. Ni el lince ni el jabalí, sólo las ratas las roban. En la ciudad medran los peores. La mirada del hombre persigue al hombre. Aquel joven seguía a los dos hombres que compraban pescado. De estos dos, el mejor vestido no descuidaba detalle del joven. Y, poco después, el hombre de la pipa clavó sus ojos en la huída que el joven iniciaba, y que él no supo o no quiso ver. Eran presas y ojeadores. Todo al mismo tiempo. Y tan marcados están los caminos de la huída que son un laberinto a ninguna parte. Los caminos del hombre.

Las primeras rutas de la taiga nos las dio la lluvia. Y ellas llevan al corazón del bosque. Las que nosotros hemos ido señalando, no dejan de ser torpes esperas de un destino que nunca es definitivo. En la ciudad nadie deja sus huellas en el camino. Pero puedes perseguir tu presa por las palabras que arrastra su silencio, obligando a los hombres a hablar por lo bajo. Nadie sabe nada, pero todos acaban diciendo. Nunca sorprendí al oso ocultando la garra tras el zarpazo. El corazón del hombre olvida el mundo en las alcantarillas. Y cree más en este siniestro decorado que en el necesario telón de los días y las noches. Sin esta mecánica celeste, todos moriríamos.

D.U.

dissabte, 6 d’agost de 2011

6/8/11

 

Dues paraules em voltaven pel cap des que vaig deixar al jove americà endinsant-se a l'anonimat dels carrers que fan d'esòfag o duodè al Marché de la Cabane: cas Greenleaf. Mai no es va aclarir del tot la desaparició del Dickie Grennleaf a les costes italianes, però el que durant prou de temps va ser el principal sospitós, el Tom Ripley, va recalar farà pocs anys a les contrades de París, a la luxosa ville de la que sembla ser la seua esposa i rica heretera, l'Heloise. Ahir, quan el Díaz Grey va nomenar un tal Dorian que diu ser Tom, un rampell més fort que el del pernod va recórrer, ara sí, de manera profunda, la meua espinada. I és que no fa quatre dies havia identificat el famós escut de l'exclusiu club al que Dickie pertanyia a New York brodat a la butxaca del darrere dels pantalons d'un jove americà. Massa coincidències, Jules, em vaig dir.

Avui de matí he estat a revisar l'expedient del cas Greenleaf. Dissabte i agost: l'arxiu de prefectura semblava un l'últim que apague els llums, que tot i estar desert, els leds de gairebé tots els aparats eren encesos. He desistit ben prompte de trobar-hi l'Henriette, és clar. I mira que m'agrada sentir-la talonejar pels passadissos de l'arxiu mentre llig els informes. Quines cames! Té cuixes i bessons de ciclista. I uns turmells finíssims. Oh!, quin turment. Així que amb la meua reconeguda incompetència he trigat mig matí en no trobar-hi el famós expedient. La qual cosa em sembla més que sospitosa. Potser algú l'ha agafat per a consultar-hi alguna dada. Quina casualitat. A més casualitats, més sospites. És una de les meues màximes. Qui pot estar interessat en un afer, l'actualitat del qual és més que dubtosa? Que jo sàpiga, al cas de la noia del cobert només fiquem el nas la policia fluvial i un servidor. I ells no han passat per la consulta del Díaz Grey. Per tant, no poden haver lligat ambdues coses. És a dir, la xica assassinada i el Tom. I al registre d'entrada i sortida de l'arxiu no figura confirmació alguna de moviment. No seria la primera volta que les coses es fan amb certa lleugeresa, però el més normal és que si el moviment no figura, el deu d'haver fet algú de la casa, de prefectura. I jo no he donat ordre al respecte. Jules, tenim problemes. I com que les desgràcies no venen per separat, he exhaurit el tabac i no puc carregar la pipa, la de fumar, no l'altra. I damunt la ploma s'està esgotant. Merd...

J.M.

divendres, 5 d’agost de 2011

5/8/11

El chalet suizo del doctor Grey, de aquí

Cuando Larsen dijo que nunca querría encargarse, por un instante dudé si Verdoux... Qué importaba quién echara tierra al asunto. Pero hay asuntos y personas con los que más vale no improvisar, y Henri es uno de ellos. Lo de la morfina lo soluciono yo, pero el resto… No sabría decir en qué momento la cosa se nos fue, se me fue, de las manos, pero así fue. Todos tratando de evitar ese infierno tan temido, y fuimos a caer en él, o más bien, fue él quien nos cayó encima. Desde el primer momento tuve reticencias con lo de las imágenes. Puedo entender que quiera estafarle con lo del oro, pero el chantaje… Y ahora hay un sucio asesino entre nosotros. Que no todos son iguales, los asesinos. O eso creo.

No pasa un día sin que recuerde a la muchacha. Dorian saliendo por el jardín y ella girando el rostro hasta clavar sus ojos en el tipo de la ventana, el ciclista. Y después apareció, y cómo, en el galpón del río, quién puede hacerle una cosa así a tanta belleza. Y aquí empezaron nuestros problemas. La receta del opio y las fotos, todo en el mismo sobre. Qué era ella? Cómo llegó a juntarse una realidad que tan lejos vivía de la otra y de la otra, ella misma, en aquel cadáver anónimo descrito con pereza por el forense?...

Maigret no ha perdido el tiempo. Pasó esta misma mañana. Sabe, -me dijo- esta calle tiene algo extraño. Rue de l'Absinthe, jamás oí hablar de ella antes, y en pocos días es la segunda vez que llego hasta aquí. Y una agradable sensación de déjà vu, y el mejor pernod de mi vida recorren mi espinazo. Qué dice a esto, doctor?... [Siéntese, comisario… Gracias, la última vez que nos vimos yo me llamaba Maigret… Pero hoy resolví ascenderlo. Ya sé lo que lo trajo… Maigret quedó dudoso ante las butaquitas doradas. Siéntese en cualquiera -le dije-. Si la rompe me hace un favor. Y ante todo, ¿qué tomamos? Estoy pasado de ginebra… No vine a beber… Ni tampoco a contarme que en horas de servicio nada de alcohol…](1) Sólo me enseñó la prescripción con mi firma, nada de lo otro. Pero nunca indico el nombre del paciente, el fármaco viene a máquina y la firma es un cuño desdibujado con membrete que cualquiera podría encargar en la papelería de al lado. [Eso no lo escribió nadie, nunca, y nadie me lo contó](2) ¿Quiere decir que desconocía este asunto?... Qué asunto, comisario. Qué quiere decir?... Usted dijo que sabía lo que me traía aquí. Imagino que sus amigos de la morgue… No, se equivoca. Pensaba en Dorian, un paciente. Un chico difícil, al que le ha dado por decir que es americano y que se llama Tom. Creí se hubiera metido en problemas. ¿La llevaba un muerto?... Muerta. Y debería verla para comprender que a veces necesitamos decir la verdad…

D.G.

(1) El texto entre corchetes es copia prácticamente literal de un fragmento del cuento El perro tendrá su día de Juan Carlos Onetti. Se le puede encontrar en la edición de Lumen, año 1979, pág. 331. La razón por la cual el doctor Díaz Grey desea hacerlo pasar como propio, escapa a la modesta inteligencia de este compilador de dietarios. Agradeceré al apócrifo lector de estas líneas tenga la amabilidad de indicar posibles causas.

(2)Por segunda vez, el doctor Grey transcribe una frase del citado cuento, ahora de la pág. 333

dijous, 4 d’agost de 2011

4/8/11


Crec que els meus temors cap a V. eren totalment infundats. Me'n vaig adonar ahir, mentre érem al cafè fent una cervesa i va entrar l'inspector Maigret. No sé que és el que deu saber aquest beneit V., però em sembla que no és gens important. I la raó principal és que si els seus dubtes foren seriosos ja hauria anat a la policia, i cap inspector, i menys el Maigret, hagués comés l'error de deixar-se veure alhora. Conec a l'inspector Maigret, sempre has de conèixer l'enemic; bé, un dels teus enemics. Certament que és al meu darrere, tot i que no sap qui sóc. Les desaparicions i sobretot els cossos, que malgrat el meu esforç, s'obstinen en fer acte de presència a la realitat confosa del que anomenem quotidianitat, poden haver forçat al departament d'homicidis a demanar la participació del seu rastrejador més afamat. Coses de la literatura. Així que vaig intentar donar-li llargues a la visita de V., -no hi veig raó per a aplicar-li cap via ràpida- però va insistir tant, que no he volgut que sospités, a hores d'ara, el que no és. Només faltaria que creies que sóc gelós de l'interès purament anecdòtic que la meua dona té per ell. A més a més, va prometre'ns preparar un plat típic de la seua terra, i me'n va fer anar al Marché de la Cabane a comprar peix que vaig tindre que dur-me jo, quan amb prou feines suporte el sabor salobre del lluç cuit.

D'altra banda, el que em va deixar esmaperdut ha estat el coneixement que he fet d'un assassí jove, massa jove, insolentment jove. Els assassins ens reconeguem d'un cop d'ull. Almenys jo, en aquesta qüestió, mai vaig errat. La meua perspicàcia va desenvolupar-s'hi i madurar als negocis financers. Quan treballes amb un producte tan estúpid, mesquí i valuós com els diners, acabes arrelant a la teua ànima els tics de tots aquells per als quals només compten les plusvàlues. Tota la resta és prescindible, tal i com ho fan els assassins. M'ha inquietat el fet que ens ha estat observant al mercat. Què podia voler de nosaltres?... Fins que l'inspector, caigut del cel -perquè ni jo mateix podria dir per on ha vingut- s'ha posat a parlar en ell. Al principi, semblava que el Maigret hagués retrobat al seu fill pròdig i tanmateix quan ja s'allunyava, en tornar acomiadar-se del jove, ha clavat els seus ulls de gos coniller al cul del noi, i el rostre se li ha transformat en una bossa de plàstic com les que utilitzen per a recollir proves. Que tot i tindre la pipa fumejant, l'ha colpejat sobre el quadern de notes, recordant-me el similar costum que el doctor Grey té quan alguna cosa li preocupa.

H.V.

dimecres, 3 d’agost de 2011

3/8/11



"-Un gin-tonic, por favor -pidió al barman.
Tom se preguntó si era aquélla la clase de tipo que mandarían tras él. Desde luego no tenía cara de policía, más bien parecía un hombre de negocios, bien vestido, bien alimentado, con las sienes plateadas y un cierto aire de inseguridad en torno a su persona" (Highsmith, P. A pleno sol -El talento de Ripley-)

Recuerdo perfectamente aquel día. El padre de Dickie se acercó a mí. Yo estaba, como este mediodía, de pie, bebiendo, apoyado en la barra de un café, y temiéndome lo peor. Hoy era una cerveza y nadie se acercó, pero tuve el mismo presentimiento, alguien volverá a hacerlo, y no me gustan los presentimientos de este tipo. Aquel tipo del pernod, con su pipa y el cuaderno de notas hubiera dicho que era un policía, pero me recordaba demasiado al padre de Dickie, y los recuerdos suelen debilitar nuestra capacidad de observación y juicio. Los que se sentaban a su lado me parecieron invertidos, pero tampoco lo podría asegurar, algo en ellos difícil de precisar, no sé, la forma de sentarse, de apoyar los pies sobre la base de la mesa, algo, se resistía a esta valoración. Estoy perdiendo facultades, y los hechos se anticipan a mis acciones cada vez de forma más peligrosa. Así que, cuando la extraña pareja salió de Chez Vic, los seguí. Fueron directos al Mercado, al Marché du Cabane, y compraron pescado y marisco, lo típico en esta zona de París. El más alto, el de las gafas y el codo izquierdo vendado, llevaba la voz cantante. Llamó mi atención la clara línea de separación entre el bronceado intenso de medio brazo respecto a la otra mitad. Como si se dedicara a trabajos de exterior, a pleno sol. El otro, tan diferente. Perfectamente compuesto. Es el que menos desearía me dirigiera la palabra. Y cuando empezaba a pensar que todo esto no eran sino aprensiones mías, vacilantes bajo el luminoso sol del mercado, apareció por la esquina hacia la que me dirigía el padre de Dickie, bueno, aquel viejo policía de la pipa que me lo recordaba. Se plantó delante de mi, y en un inglés penoso comenzó a decirme que gracias a nosotros el mundo cambiaría alguna vez. O algo por el estilo. No quise aclararle que mi francés es bastante bueno para que la conversación no se alargase demasiado. Añadió algo acerca del hambre que no acabé de entender, y de la inocencia con que bebemos y vivimos. Me dio la sensación que sus ojos se humedecían levemente, pero con las personas mayores nunca se sabe. Y bien podía ser el efecto de los tres pernods que conté sobre su mesa. No tardó en separarse de mí. Me estrechó la mano de forma demasiado efusiva para un parisino. Tal vez nació en otro lugar. Y cuando creía que el episodio había finalizado, oí su voz a mi espalda despidiéndose nuevamente, y al girarme para corresponderle vi sus ojos clavados en el escudo del club de Dickie que alguien bordó sobre el bolsillo trasero del pantalón. Acabó su saludo de forma inconsciente, el rictus de su rostro era la placa de un policía, y giró alejándose lentamente con la cabeza hacia el suelo y golpeando su pipa contra el cuaderno de notas que aún conservaba en su mano izquierda. Lo abrió y anotó algo. Volvió a mirarme por encima del hombro y yo le sonreí alejándome sin prisas. Sabía que hoy el pasado, el terco pasado volvería a acercarse a mí, tuve el presentimiento.

T.R.